domingo, 9 de diciembre de 2012

LAS EDITORIALES CATALANAS ESTAFAN A LOS ESCRITORES EN ESPAÑOL



LAS EDITORIALES CATALANAS ESTAFAN A LOS ESCRITORES EN ESPAÑOL

No estoy del todo seguro de que estafen todas, pero sí lo hacen las dos editoriales barcelonesas con las que yo he publicado y otras muchas con cuyos autores he conseguido hablar. Al menos la mayoría de las editoriales catalanas defraudan el 67% de los derechos de autor de sus escritores.

Cuando yo des cubrí que Roca Editorial me estaba estafando, ya había firmado cuatro contratos con ellos y se habían publicado las novelas correspondientes: “Oro entre brumas”, “La desbandá”, Los pergaminos cátaros” y “El ocaso de los druidas”. Ya había comprobado que Roca Editorial incumplía gravemente los contratos en casi todas las cláusulas, pero no creía que incumpliera las cláusulas económicas ni que se atreviera a robar tanto dinero a sus escritores. Al comprobar por la demostración de un amigo (entonces a punto de graduarse de abogado) las cantidades ingentes que Roca Editorial me estaba robando, ya no quise firmar más contratos y aunque sigo escribiendo profusamente a diario, dejé de publicar. Porque es una tontería publicar para malvivir, mientras se enriquece la editorial que sea. No por casualidad dijo Larra aquello de “escribir en España es llorar”.

La otra editorial barcelonesa que me estafó (más a fondo aun que Roca) fue El Cobre. Yo no conocía ni la editorial ni a su dueña, pero en Barcelona sí que era archisabido que la señora Miriam Tey defraudaba a sus escritores, sin que nadie le metiera mano, tal vez porque esta señora había sido directora general de nosequé en Madrid. Esta señora me estafó ya desde la firma del contrato, incluyendo confusas cláusulas completamente engañosas. Escribí para ella un ilustradísimo libro sobre los cátaros, que en realidad era un encargo para el Círculo de Lectores. Al comprobar la estafa de la señora Tey, me puse al habla con el Círculo de lectores para explicarles que no había cobrado los 99.000 euros que me correspondían de derechos de autor, y ni el Círculo de lectores ni su dirección me hicieron el menor caso.

Una amiga abogada que trabaja en un prestigioso bufete de Londres se indignó tanto con lo que me pasaba (pese a haber publicado 11 libros vivo miserablemente y hasta paso hambre) que intentó reconducir el problema. Se leyó a fondo la infumable LEY DE PROPÌEAD INTELECTUAL DE 1996, consultó a colegas que practican en España, habló con la policía al más alto nivel y se puso al habla con las dos señoras estafadoras.

No he conseguido nada. Aunque mi amiga se esforzó más de lo que yo esperaba (acaso por una cuestión de amor propio), me contó lo que le había dicho la policía: “La ley de propiedad intelectual española no castiga el incumplimiento de contrato editorial; tu denuncia sería tramitada –por orden del juez- como un juicio de “faltas”. Por lo tanto, el juez no aceptaría en ningún caso una denuncia de estafa e incumplimiento, porque consideraría el caso como cualquier obrero o asalariado cuyo sueldo no ha pagado el patrón. Lo más que a que pueden ser castigas Blanca Rosa Roca y Miriam Tey es a una multa y jamás las obligaría el juez a pagarte lo que te han robado. La cuantía de la multa creo yo que sería irrelevante”. Estas dos señoras y todos sus homólogos lo saben. Por lo tanto, somos muchísimos los escritores españoles que por más que publiquemos, jamás conseguimos vivir con las condiciones necesarias para hacerlo con cierta comodidad. Como ejemplo, cuando me atragantaba a diario por lo que me habían hecho Blanca Rosa Roca y Miriam Tey, pregunté a una amiga si cobraba con exactitud sus derechos de autor. “Claro –me respondió-, hace poco, he recibido una transferencia de 700.000 euros”. Me la quedé mirando con perplejidad y repliqué: “Has vendido más de un millón de ejemplares el año pasado; según el precio de venta, te corresponden más de dos millones de euros. ¿Te vas a quedar quieta?” Ella, con expresión escandalizada, repuso: ¿Qué propones que haga, que reclame para que dejen de publicarme?

Pasé muchos años emigrado en otros países. Cuando reuní cierto bagaje intelectual y unos ahorros considerables, volví a España para intentar publicar. Como por los años que he vivido fuera sospechaba que me quedaría una pensión ruinosa, he pasado los últimos veinticinco años escribiendo afanosamente, con lo que esperaba asegurarme razonablemente la vejez. Sin embargo, a mis 71 años y con enfermedades importantes, tengo que sobrevivir con 525 euros, vivo como realquilado con los caseros más impresentables porque me desahuciaron el piso hace años, no cubro nunca mis gastos más imprescindibles y a veces me falta el dinero para comer hasta la nueva paga. Por lo tanto, me veo obligado a almorzar en un asilo. Pero en mi biografía figuran varios éxitos editoriales (Roca publicó en total más de 20 ediciones de libros míos a razón de 6.000 ejemplares), por lo que todo el mundo cree que nado en la abundancia y se llevan chascos imponentes cuando conocen mi realidad. Como mi abatimiento no se refleja todavía en mi aspecto, ni siquiera consigo que acepten ayudarme algunas instituciones de caridad.

Mientras, Miriam Tey está desaparecida (al menos, para mis averiguaciones) y Blanca Rosa Roca (que presume de tener a los jueces de Barcelona en un puño), disfruta de condiciones de aristócrata, porque es sobrina de un famoso prohombre de la comunicación y está casada con un promotor de lo mismo. Aparte de varios periodistas decentes que me entrevistaron por aquellos años (2005-06), un locutor muy honesto se indignó de un modo extremo cuando le mostré los documentos que prueban la estafa de Roca. Enfadado al extremo, me entrevistó en directo, donde yo hablé con la misma sinceridad que aquí. Hubo tan avalancha de comunicadores apoyando mis verdades, que el tal locutor me propuso dedicar un espacio más amplio al asunto, y con mayor preproducción. Como en España hay la costumbre de “contrastar” incluso si se trata de enfrentar los argumentos de una víctima con su asesino, este locutor llamó a Blanca Rosa Roca. De inmediato, ella le dijo a su marido que hablase con el dueño de la emisora en cuestión, el cual prohibió a su honesto locutor abordar de nuevo el caso.

Así vamos.

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