miércoles, 21 de marzo de 2018

SOLDADOS SALACES Luis Melero

Soldados salaces CUENTOS DEL AMOR VIRIL
Tenía que hacer la mili cuanto antes, porque su padrino le había jurado que en cuanto se licenciase lo invitaría a visitar San Francisco. Por otro lado, temía que su salud pudiera resentirse irremediablemente, si no adoptaba alguna resolución valiente y continuaba adelante con lo que hacía a todas horas. El padrino de Lorenzo, Andrés, contaba solamente dieciséis años más que él y aparentaba casi su misma edad. Andrés solía cruzar el charco cada dos años, siempre en Navidad, pero el verano anterior había sentido la necesidad de un veraneo en familia, y pasó casi dos meses con ellos, todo julio y la mayor parte de agosto. Lorenzo contaba ya diecisiete años y Andrés, treinta y tres. Cuando sus padres fueron a esperarlo en el aeropuerto, Lorenzo aceptó ir con ellos de muy mala gana; no reflexionaba acerca de sus frecuentes malhumores ni se preguntaba qué los causaba. Sentía angustia constante, sin conseguir ni intentar explicarse la razón; pero ante sus padres, y principalmente ante su padre, esa angustia se trufaba con miedo y una especie de vértigo, un vacío y una náusea, junto al terror a ser cogido en falta aunque no estuviera haciendo nada, ni malo ni bueno. Sencillamente, nada; y sin embargo temía a todas horas que una amenazante avalancha de barro se le echase encima. Pero cuando Andrés salió de la recogida de equipajes y el joven lo reconoció porque sus padres lo saludaron con muchos aspavientos, Lorenzo experimentó una convulsión y como si algo grandioso le estallara en el pecho, llenándolo de estrella de colores. Jamás había visto un hombre parecido. Cuando su madre le ordenó que lo besara, sintió el alma en vilo y su miedo se redobló. La cena de esa noche representó un tormento para el muchacho. Le había tocado sentarse frente a su padrino, pero no quería mirarlo. Forzaba la cabeza a izquierda y derecha, hacia su padre o cualquiera de sus cinco hermanos para evitar mirar al frente, pero el centro de la reunión era el invitado recién llegado de los Estados Unidos. La conversación pivotó sobre los relatos de Andrés y las preguntas que todos le hacían, excepto Lorenzo. En silencio, el joven admiraba el modo de accionar la boca Andrés al comer. Sus movimientos al manejar el cuchillo y el tenedor exhibían unas manos fuertes, morenas, algo velludas, y cuidadas como para tomar una fotografía. Ansiaba que la comida acabase y poder retirarse a dormir, porque sentía ganas de llorar y carecía de pretexto; como dormía en litera en un dormitorio ocupado también por sus dos hermanos varones, menores que él, ni siquiera podría llorar a solas como deseaba, para no tener que responder a los chicos. Tendría que disimular para que no le hiciesen preguntas inconvenientes, cuando ni él mismo sabría las respuestas.
Uno de los días familiares en la playa representó el mayor número de horas en tensión que Lorenzo recordaba, porque no vio pasar a ningún conocido ni encontró otro pretexto para apartarse del grupo, como había hecho ya muchas veces. Su tío-padrino poseía un espectacular cuerpo de gimnasio, con pectorales y abdominales sumamente definidos; hombros redondeados y anchos como en las esculturas de faraones, cintura propia de escultura de un adolescente griego; sus glúteos eran esféricos, apetitosos y prominentes, como si desafiaran la gravedad, y nunca había visto Lorenzo unas piernas de hombre mejor formadas, con gemelos redondos muy equilibrados, cuádriceps marcados como si fuesen de piedra, abductor y recto interno dibujados como en los grabados de anatomía de Leonardo, y los dos supinadores más simétricos que había contemplado nunca; sólo las cubría vello casi rubio, como una especie de malla dorada que en vez de oscurecer las extremidades las embellecía. Las piernas fuertes y hermosas lo ponían cachondo, solía mirar a hurtadillas en el gimnasio a los compañeros más desarrollados y nunca llegaban sus piernas a parecerle tan completamente deseables. Andrés era deseable no sólo por sus piernas y el notable abultamiento del bañador; poseía una piel alabastrina bronceada sin exceso; el no muy denso cordón de vello que le bajaba desde los pectorales, por entre los abdominales hasta el ombligo y que se perdía en el medio exhibido vello público, era una especie de cordón de oro; lo de la espalda era sorprendente, cualquier escuela de anatomía contrataría a Andrés como modelo, porque se podían reconocer todos sus músculos. Las piernas de su padrino eran como dos columnas salomónicas consagradas en una iglesia de postín. Todo el cuerpo de su padrino era perturbador, porque nadie, ni un heterosexual recalcitrante, dejaría de contemplarlo, y de hecho era lo que estaba sucediendo; todo el mundo miraba a Andrés, hombres y mujeres; probablemente, se preguntarían si era el modelo de un famoso perfume de hombres de la televisión. Durante el día de playa, tuvo que desviar muchas veces la mirada, temeroso de que su padre se diera cuenta de lo que contemplaba con tanto arrobo. Cuando notaba que sus padres le observaban, movía violentamente los ojos en derredor, sin acabar de reconocer nada, o los cerraba. Y para colmo, cada vez que Andrés volvía de darse un chapuzón su breve bañador de licra era como si desapareciera; los genitales brotaban turgentes y claros como si estuviera desnudo, penduleando al andar. Lorenzo pasó entre erecciones la mayor parte del día; tenía que echarse bocabajo en la arena, apretar los párpados y pensar en cosas desagradables cada vez que notaba que podía eyacular si no dejaba de contemplar a su tío. Para colmo de males, le tocó sentarse junto a Andrés en el atestado coche de su padre. Las caderas y piernas tan apretujadas impulsaron que Lorenzo eyaculase tres veces en el trayecto de la playa a su casa, no demasiado largo; tras el primer orgasmo, aterrorizado por la posibilidad de que alguien descubriera la mancha en su pantalón corto y lo comentara, tuvo que forzar la cintura para alcanzar una de las toallas que iban enrolladas detrás, y echársela sobre el regazo. Cuando llegaron a casa a última hora de la tarde, el padre propuso: -Andrés, ¿por qué no sales esta noche por ahí con mi hijo mayor, y lo aleccionas de lo que ya debería saber un hombre a su edad? Lorenzo sintió nueva convulsión. ¿Cómo resistiría pasar varias horas de fiesta con su tío, sin descubrirse? Notó que Andrés asentía mientras preguntaba: -¿Cómo haremos para no despertaros si volvemos tarde? -Bueno, cuñado, tampoco hace falta que volváis tan tarde. Pero si vemos que os retrasáis, no te preocupes; tu hermana preparará un colchón junto a tu cama, para Lorenzo, con objeto de que no despierte a los niños. Así comenzó la noche más gloriosa junto a su tío que Lorenzo recordaba, mientras esperaba turno para inscribirse en el ejército como recluta voluntario. Había contado hasta ciento cincuenta pero ya había perdido la cuenta de las veces que se masturbaba en homenaje de Andrés; a veces, mirando sus fotos, sobre todo las de la playa, pero ni siquiera le hacía falta ese estímulo. Con sólo pensar en él tenía erecciones constantes. Una de sus cartas hizo que se masturbara cuatro veces durante una tarde-noche. El recuerdo vivo de Andrés, las ensoñaciones de cada noche y sus innumerables eyaculaciones habían producido un efecto al que no daba importancia, pero que los demás notaban. -Parece que el Lorenzo se ha tranquilizado un poco –dijo una día su padre a su madre-, desde que tu hermano se lo llevó por ahí de fiesta. Ya no estalla tanto, se le ve más sereno. Seguro que el Andrés lo llevó de putas. Aquel día de dos meses y medio antes, tras volver de la playa, pasó más de una hora en el baño tratando de mejorar su aspecto todo lo posible; sus cejas se habían vuelto muy pobladas y casi cejijuntas, por lo que usó la pinza de su hermana mayor para eliminar algunos pelillos de esa zona. No padecía exactamente una erupción de acné, pero tenía algunos barritos. Fue extrayéndolos y refrescándolos con colonia. Después de todo eso, cuando se convenció de que ya no tenía más arreglo, pasó otra media hora tratando de decidirse entre dos pantalones y tres camisas. Cuando le pareció que había elegido lo más armónico, salió al salón; Andrés ya estaba listo. No debía tener dificultades ni pensar mucho para disponerse a salir. Cualquier cosa que se echara encima sería como el traje de luces del mejor de los toreros. Andrés había alquilado un Chrysler blanco que a Lorenzo le parecía lo más lujoso que nadie podía conducir. Lorenzo se acomodó en el asiento del copiloto con el cuello rígido, dispuesto a no mirar hacia su padrino ni una vez; estaba seguro de que sus ojos resbalarían hasta la entrepierna, que ya en el salón había notado que se abultaba de un modo muy obvio.
-¿A qué clase de sitio quieres ir? Lorenzo se encogió de hombros. -Donde tú quieras. Andrés sonrió. -Soy mucho mayor que tú. Dudo que te gusten las mismas cosas que a mí. -No eres tan mayor; la gente creería que eres mi hermano. Vamos a donde más te guste, que seguro que también me gustará a mí. Andrés sonrió de un modo algo enigmático. Venía tanto de visita, que conocía sobradamente la vida nocturna de la ciudad. Decidió elegir un pub musical del que hablaban mucho últimamente. Mientras entraban, Lorenzo pensó en las muchas veces que había tenido deseos de visitar el local, sin decidirse. Temía la fama del lugar, del que se hablaba como el sitio donde mejor se podía ligar chicas o chicos; la gente más guapa y mejor vestida de la ciudad se daba cita allí. Andrés no podía desentonar ni en un palacio real, pero él tendría que procurar resultar lo menos visible que pudiera. Por ello, se acomodó en un sofá, casi pegado a su tío. -Será mejor que no te pegues tanto a mí, Lorenzo. Ligarás mucho más y mejor si no te relacionan con alguien tan viejo como yo. Lorenzo levantó la barbilla, como contradiciéndolo, y siguió firmemente pegado al cálido y deseable cuerpo de Andrés, con el que su corazón deseaba fundirse. Apenas hablaron, Andrés permitió a Lorenzo tomar sólo un cubalibre mientras él saboreaba varios bourbon. Ni siquiera se levantaron a bailar. Aun así, pasaba de la una y treinta de la madrugada cuando volvieron a casa. -Ya están durmiendo todos –dijo Lorenzo en seguida, apresurándose para que su tío no propusiera otra cosa-. Tengo que irme contigo a tu cuarto. -Bueno. Pero no me reproches si ronco. -¿Roncas? -No lo sé. Nunca se ha quejado nadie. Lorenzo no se atrevió a espiar a su padrino mientras se acostaba; era verano, por lo que supuso que se cubriría apenas con un slip o… con nada. La idea de que podía estar desnudo le hizo poner rígido el cuello para no torcerlo a mirar. Sintió una erección inmediatamente. Pasaron pocos minutos antes de oír acompasada la respiración de su tío. Se había dormido de modo fulminante, probablemente ayudado por el bourbon, pero intuía que a él le costaría mucho dormirse. Después de mucho rato, cayó en una especie de duermevela; no era capaz de calcular el tiempo que llevaba dando vueltas en el colchón cuando notó que su tío se sentaba en el borde de la cama y le preguntaba en susurros: -¿Tienes algún problema, Lorenzo? Estás suspirando como si te doliera algo. -¿Sí? No sé. No me duele nada –respondió Lorenzo mientras cruzaba las piernas en posición muy forzada, para esconder su erección, aunque permanecían a oscuras. -Pues me han despertado tus gemidos. ¿Seguro que no tienes un problema? En la adolescencia, creemos que el mundo se hunde y que todo escapa a nuestro control. -No me pasa nada –insistió Lorenzo, pero sin saber por qué, se le escapó un sollozo. Andrés se arrodilló en su colchón inmediatamente. Sus rodillas rozaban la cadera izquierda de Lorenzo. -¿Qué te hace llorar? –preguntó Andrés, solícito, mientras palpaba con la derecha buscando las mejillas de su sobrino, para asegurarse de que no estaban húmedas. Pero sí, notó lágrimas. -¿Qué te pasa, cojones? -No lo sé. ¿Puedo dormir contigo en la cama? Asombrado de su osadía, Lorenzo se dejó alzar por los nervudos brazos de su tío, que le ayudó a tientas a acomodarse en la cama. El joven le dio la espalda de inmediato, para disimular la erección. Curiosamente, ahora sí que se quedó dormido en pocos minutos. Pero la cama no era completamente doble. Se trataba de un colchón de ciento treinta y cinco centímetros, ancha para uno pero no para dos personas que no fueran pareja. Lorenzo despertó en el momento que le fulminaba el orgasmo más intenso y prolongado que recordaba. Advirtió con alarma que estaba pegado como una lapa a su tío vuelto de espaldas, le había pasado el brazo por la cintura y acariciaba su pecho levemente velludo. No se atrevió a moverse ni a retirar el brazo. Como el orgasmo le había despertado, suponía que se habría agitado y hasta podía haber ronroneado; pero la respiración acompasada de Andrés revelaba un sueño profundo, que no se había interrumpido, aparentemente.
Las semanas siguientes, Lorenzo notó a su tío un poco esquivo, como si tratara de eludirlo. No sabía si sería invento de su paranoia adolescente o si Andrés se había enterado de su orgasmo y disimulaba. Le hizo muy feliz cuando le entregó una tarjeta, al despedirse para seguir viaje a París. -Aquí tienes mi dirección, por si te apetece escribirme. Lo hizo semanalmente, cartas que Andrés no respondía casi nunca. Cualquiera hubiera juzgado que Lorenzo escribía cartas de amor: “me acuerdo de ti a todas horas, muchas noches sueño contigo, tengo tantas ganas de abrazarte, es desesperante lo lento que pasa el tiempo”; pero Lorenzo no se daba cuenta y Andrés denotaba no darse por enterado. Sin embargo, respondió de inmediato cuando Lorenzo le expresó su deseo de pasar una temporada con él en San Francisco. La carta decía en el último párrafo:
“Con tu edad, no sería buena idea que hagas un viaje tan largo sin haber cumplido la mili. No vas a cruzar medio mundo para estar aquí sólo un mes o dos. Puedes venir todo un año, si quieres, pero una vez que te licencies de la mili, por lo que pueda prolongarse la visita, que nunca se sabe” A Lorenzo le faltó tiempo para ir al cuartel a preguntar. Le informaron de que tendría que servir en el ejército un tiempo seis meses más largo del que serviría a los veintiún años, pero la ventaja era que se licenciaría antes de cumplir veinte. El primero de noviembre formó por primera vez en un pelotón del cuartel, que estaba sólo a un par de kilómetros de casa de sus padres y había podido elegirlo por ser voluntario. No tenía ojos para mirar a nadie, su pensamiento estaba lleno de Andrés, de manera que se sobresaltó cuando rompieron filas y un soldado de su edad se le acercó, diciéndole: -Soy de Melilla. ¿Tú eres de por aquí? Lorenzo no recordaba haber visto nunca un chico más guapo. En seguida apareció Andrés en su mente; el muchacho era hermoso de una manera distinta, más agreste aunque no más viril. En cuanto a virilidad, eran muy semejantes; notó de nuevo el magnetismo de alguien que no era su tío. Tuvo que hacer un esfuerzo para recomponerse, mientras respondía: -Sí. -Vaya, estaba loco por hacerme amigo de alguien que me enseñe la ciudad, sobre todo la vida nocturna y tal. -Bueno. La verdad es que no conozco mucho de eso. Sería mejor que te buscaras novia. -Ni pensarlo –respondió el melillense componiendo una cómica mueca de repugnancia-. Me llamo Iván ¿y tú? -Lorenzo. -Como el sol. Espero que no tengas demasiado que hacer el primer día que libremos. Aunque no será hasta dentro de un mes por lo menos, querría asegurarme de que no vas a fallarme. La incomodidad inicial de Lorenzo frente a Iván, al cabo de dos semanas se convirtió en sensación de abandono si el melillense no acudía en su busca en seguida después de la instrucción. Pero nunca fallaba. A los pocos instantes de mandar el sargento romper filas, se le acercaba Iván, cuya amenidad estaba rompiendo muchos de los esquemas de Lorenzo. Nunca le había agradado la gente de su edad; se sentía en evidencia con los muchachos de su barrio, porque hablaban de cosas que no le interesaban, pero temía confesarlo. En cambio, Iván era una fuente de amenidad inagotable: -Tenemos que prepararnos para que no nos tomen por majaretas. -¿Qué quieres decir? -Ten en cuenta que soy de Melilla, donde la mitad de la gente es militar. He tomado copas con muchos reclutas, que me contaban lo putas que lo pasaban. Tenemos que procurar un refugio donde meternos cada día cuando acabe la instrucción. ¿Cuántas veces te ha puesto a ti el furriel a barrer los patios? -Dos. -Pues ya lo ves, hay que escurrirse. Tenemos que encontrar donde escondernos para que ningún mando nos ordene hacer algo de eso en nuestras horas de descanso. Un sitio donde no puedan encontrarnos. Lorenzo miró en derredor y alzó la mirada al techo. El cuartel ocupaba un antiguo convento, muchas de cuyas trazas conservaba a pesar del desapego militar por la belleza. Había artesonados en varios salones, ocupados ahora por dormitorios. Donde estaban en ese momento, había vigas de madera muy anchas y decoradas, todavía algo distantes del altísimo techo. -Buena idea –afirmó Iván siguiendo la mirada de Lorenzo-. Una de esas vigas va a ser nuestra salvación. -Estás chalado. ¿Cómo subiríamos ahí? -Encontraré el modo. Ya verás. Lorenzo contempló a Iván de arriba abajo; cubiertas por el pantalón, sus piernas parecían robustas; a pesar de las cartucheras, tenía una cintura breve y bajo la enorme hebilla cuadrangular plateada del ancho cinturón, lucía una prominencia que anunciaba la existencia de algo demasiado notable en el interior. -Encontrarás el modo para ti, Iván. Yo no soy tan fuerte como tú. -¡No digas tonterías! Te he visto desnudo en las duchas. Tienes buen cuerpo, y si encontraras problema para subir a esas vigas, no te preocupes, que yo te ayudaré. A mi lado, no tienes nada de qué preocuparte. -¿Me has mirado en las duchas? Iván no respondió. Echó a andar y Lorenzo le siguió. Todos quedaban exhaustos tras las horas de instrucción; muy intensiva, porque se suponía que los voluntarios habían ingresado para convertirse en militares profesionales. Pero el cansancio no ayudó a Lorenzo a dormirse pronto esa noche; un extraño juego de su mente mezclaba las imágenes de Andrés e Iván; le parecía contemplar el cuerpo de su tío emerger resplandeciente en la orilla del mar, pero se le superponía el rostro de Iván. ¿Qué le estaba pasando? Esa noche empezó a sentirse desleal, una culpa que le acompañó varios meses. A la tarde siguiente, Iván le comunicó que había encontrado el medio de subir a una de las vigas. Había cerca de ella un ventanuco sin reja y por fuera de este, un apilamiento de jergones en un almacén pequeño que carecía de cerradura. Iván le precedió en la escalada hasta la tronera; la pared tenía lo menos setenta centímetros de espesor. -Fíjate qué muro, Lorenzo. Como si hubieran querido levantar un rascacielos. -Igual que las iglesias. Tras encaramarse ambos en el alféizar, en cuclillas, Iván sacó cautelosamente la cabeza hacia el lado del salón de los artesonados. No había nadie a la vista, de modo que avisó a Lorenzo: -Como no tenemos espacio para ponernos de pie en esta ventana, me voy a lanzar así mismo hacia la viga. No tengas miedo de saltar tú, yo te tenderé las manos para impedir que caigas y te ayudaré a encaramarte. Confía en mí Una vez juntos en lo alto de la viga, Lorenzo notó que la huella de las manos de Iván continuaba en las suyas, como si fuese un tinte o un calambrazo. No reparó en el primer momento en lo muy juntos que tenían que estar sus cuerpos para que la viga les ocultase del todo; fue la mano de Iván en su culo lo que le hizo reaccionar: -¿Qué haces? La cabeza de Iván estaba a muy pocos centímetros de la suya; este volvió el rostro hacia él y, sin responderle, lo besó profundamente en los labios. El desconcierto de Lorenzo no pudo superar el esplendor ni la intensidad del placer que sintió. Nunca le había besado así nadie; cada vez que Andrés le besara en las mejillas, había soñado con un beso suyo en los labios, pero su imaginación no había sabido prever lo que ocurría en la realidad. El beso de Iván fue la descarga de un rayo que recorrió todo su cuerpo, deteniéndose en los genitales y produciendo una erección instantánea. Sus piernas y brazos vibraban como un diapasón; sentía pequeñas convulsiones y todo el vello erizado. Pocos minutos más tarde, Iván le pasó el brazo por la cintura. Como en ese lugar no le escandalizaba el abrazo, no volvió a resistirse. Entonces sucedió algo que no esperaba ni habría podido sospechar; poco a poco, Iván fue girando el cuerpo hasta quedar echado sobre el costado derecho y forzó a Lorenzo a adoptar la misma postura, sobre el costado izquierdo. Ya frente a frente, pegados del todo, Iván abrió la bragueta de Lorenzo sin parar de mirarle a los ojos, que estaban humedeciéndose.
-¿Es felicidad o tristeza? –preguntó Iván.
Lorenzo calló. No habría sabido responder con sinceridad. -Mientras estés conmigo –murmuró Iván con voz ronca-, mira el mundo de frente y sin miedo. Conforme iba pronunciando despacio y quedo esa especie de declaración de amor, la mano de Iván se introdujo en el pantalón de Lorenzo y agarró su pene enhiesto. Lo primero que pensó Lorenzo fue que la mano estaba un poco fría, pero en seguida su mente se llenó de ramalazos de sensaciones inesperadas. Nunca había sentido nada igual cuando comenzaba a masturbarse; supuso que el tacto de su propia mano le distraería de las placenteras oleadas que recorrían sus genitales. -Coge tú también mi polla, hermano. Lorenzo lo intentó con algo de torpeza al principio, por lo que el propio Iván lo fue guiando para desabrochar los botones; cuando la bragueta quedó abierta, al notar el ardor Lorenzo hizo ademán de retirar la mano como si se quemara, pero Iván lo detuvo. -No tengas miedo. No era como su propio pene; tocaba turgencias que no identificaba y el tamaño también era diferente; nunca había visto el pene erecto de otro hombre ni se había preguntado si el tamaño del suyo sería el adecuado; la durísima barra de carne palpitante que agarraba parecía mayor, sin duda. Ahora sí se preguntó si él estaría infradotado o Iván superdotado. No fue capaz de más especulaciones, porque el rayo que recorría su cuerpo desde que permanecía pegado a Iván se convirtió en huracán. Ni toda la experiencia de la vida le había podido preparar para la intensidad de su primer orgasmo en compañía, mucho más fuerte que el que le despertara junto a su padrino. Parecía no tener fin, los escalofríos recorrían su cintura espalda arriba, hasta la nuca, y sus labios temblaban, así como los lóbulos de las orejas. Consiguió abrir los ojos con dificultad, para advertir que Iván lo observaba sonriente. -Te quiero, hermano. Mueve un poco la mano para que yo también goce. Tardó unos tres minutos más. Mientras Iván realizaba una dificultosa contorsión para sacar el pañuelo de su bolsillo y limpiar la entrepierna de ambos, Lorenzo cerró los párpados con fuerza. Pese a los repetidos consejos de que no sintiera miedo, estaba asustado. La mente le trajo muy vívida una escena que había presenciado de lejos pocos días antes. En el mismo grupo de soldados voluntarios que él, había ingresado un muchacho de gestos amanerados. Desde el primer día, se habían estado burlando de ese chico en las duchas y en el comedor; pero hacía una semana, al terminar la instrucción, un grupo de veteranos se burló de él de manera muy escarnecedora; el chico se revolvió con algún sarcasmo que Lorenzo no pudo oír a lo lejos, pero dijo algo que tuvo que molestar profundamente a los veteranos, porque se echaron sobre él y lo apalearon a puñetazos y patadas. El agredido quedó tendido, casi inconsciente; un cabo lo descubrió abatido y ordenó a cuatro soldados que lo llevasen corriendo a la enfermería. Solo tenía contusiones, varios edemas sangrantes y había perdido un diente, pero por más que lo interrogaron fingió no recordar quiénes eran sus agresores; sin duda, sabía que si denunciaba las cosas serían mucho peores. -¿Lo sabe tu familia? –preguntó a Iván. -Seguro que lo imaginan, porque nunca he tenido novia ni quiero. Suponte tú. Mi padre me dice casi todos los días que tengo los huevos negros y debo pensar en casarme, pero para mí como si lloviera. ¿Y tú? -No lo sé, Iván. Yo tengo dos años menos que tú, quizá sea pronto para que mi padre se haga preguntas de esas. Pero no es imposible que se lo empiece a oler ya. -Da la impresión de que tienes muy poca experiencia. Lorenzo se ruborizó. -¿Tan mal lo he hecho? -¡Qué va! Ha sido fantástico. Me haces muy feliz, pero temo herirte. -¿Por qué? -Bueno; yo… sí tengo experiencia. Tú me vuelves loco, pero no sé si seré capaz de serte fiel, porque ligo con mucha facilidad. Pero, además, es que sospecho que eres virgen. -¿Qué quieres decir? -¿Te han penetrado alguna vez? -¡Qué va! -¿Ves? Voy a tener que aguantarme hasta que vea que me deseas de verdad; no como ahora, que prácticamente he tenido que violarte.
Lorenzo volvió a ruborizarse. No podía calcular si alguna vez estaría preparado para eso. Los ocho días siguientes se buscaron continuamente. Ambos recurrían a toda clase de pretextos y artimañas para encontrarse a solas, pero Iván no intentaba nada más allá de reiteradas masturbaciones mutuas y besos ocasionales. Se evitaban en las duchas y casi ni se miraban en público. Lorenzo descubrió una tarde, al ducharse, que se le estaban marcando los abdominales a una profundidad que no recordaba. La instrucción militar podía ser considerada deporte; un deporte frecuentemente sin sentido y despiadado porque exigía llegar al límite de sus fuerzas a muchachos que no habían madurado del todo aún. En cierta ocasión, un sargento les cronometró uno a uno corriendo cien metros, pero no con calzado deportivo sino con las pesadas e incómodas botas militares. Lorenzo estaba siempre exhausto al terminar la instrucción, y sin embargo tuvo dificultades para dormir esos ocho días. Durante los meses de masturbador furibundo con la imagen de su padrino en la mente, para los demás había parecido serenarse, atemperar los malhumores propios de la adolescencia. Ahora era distinto. Ya no soñaba con Andrés, sino que vivía en tensión permanente anticipando los encuentros con Iván; sentía el deseo de un modo imperioso y torturador, el anhelo le cortaba la respiración, los escalofríos eran muy frecuentes, y se había vuelto muy suspicaz frente a los ojos de los demás. Algunos momentos tenía ganas de morir. La necesidad de abrazar a Iván lo estremecía, pero también se estremecía cuando recordaba al muchacho apaleado. Era, al mismo tiempo, más feliz y desgraciado que nunca. Una tarde, mientras asistía a una clase teórica de un sargento muy tosco, Lorenzo se dio cuenta de que llevaba dos o tres semanas sin recordar a su padrino ni pensar en el viaje a San Francisco. El sorprendente descubrimiento le hizo mirar a Iván, sentado en el suelo, como él, al otro lado del círculo que formaban alrededor del sargento. Pareció que Iván había notado el peso de su mirada, porque también volvió los ojos hacia él. Una especie de centella entre los ojos de los dos atravesó el círculo.
Terminada la instrucción, cuando esperaban turno en la fila para ducharse, Lorenzo advirtió que Iván, que estaba varios puestos más adelante, se fue retrasando para igualarse con él. La tensión de Lorenzo se agudizó; temía que algún ademán de Iván los pudiera delatar, pero no ocurrió nada hasta que estuvieron en la ducha colectiva. Bajo el agua, Iván se volvió hacia Lorenzo y agitó la mano ante su pecho, con sólo tres dedos extendidos. Lorenzo comprendió que se refería a un lugar donde ya habían estado escondidos, detrás del galpón de la tercera compañía. Se encogió de hombros, para señalar que ignoraba la hora. Iván extendió las dos manos, indicando las nueve; en seguida bajó la derecha, para enjabonarse los genitales, porque otro soldado les estaba observando; en ese momento se dio cuenta Lorenzo de que el pene de su amigo sí era bastante mayor que el suyo y más oscuro. Y observó otra diferencia que no comprendió; el pene de Iván mostraba completamente el glande rojizo, como si le faltara algo de piel. Cenaban a las ocho y media y la retreta sonaba a las diez. Tendrían muy poco tiempo. Acudió presuroso al rincón donde iba a esperar a Iván, pero este le aguardaba. Aunque la oscuridad era completa, notó que ya se había desabrochado la bragueta; fue a introducir la mano pero Iván lo detuvo: -Hermano, tenemos que ir más allá de estos juegos de niños. -¿Qué quieres decir? -¿Quieres derretirte de placer como si fueras plomo en la candela? -Siempre me derrito de placer contigo.
Notó que Iván sonreía. -Por ahora, no hemos pasado de pajas impacientes; pero hay mucho más e incomparablemente más intenso, Lorenzo. Hasta hoy, voy a aguantándome porque estoy loco por ti y no quiero que te asustes. Pero tenemos que ir adelante. No eres un niño, eres un hombre y, por cierto, cada día se te ve más fuerte. Necesitas aprender a disfrutar como un hombre. Ven, vamos allí, entre aquellos árboles. Sin esperar respuesta, Iván echó a andar; Lorenzo lo siguió dócilmente. Bajo la fronda de un sotillo de eucaliptos, con la tierra tapizada de fragantes hojas caídas, Iván se tendió en el suelo y haló del brazo de Lorenzo, para que le imitara. A continuación, Iván se arrastró un poco hasta quedar en posición invertida respecto a su amigo, desabrochó su bragueta y una tempestad se abatió sobre Lorenzo. Este no podía creer lo que sentía, la suavidad muelle de los labios y el calor de la boca de Iván no se podían comparar con el roce de una mano sobre el pene. Llegaron las contracciones casi inmediatamente, momento en el que Iván paró al tiempo que apretaba el glande con dos dedos, con lo que impidió el orgasmo. -Cómete tú también el mío, hermano –dijo con voz gutural, pero suplicante. Lorenzo alzó la cabeza. Temía que si obedecía, iba a vomitar. Notando su vacilación, Iván le puso la mano en la nuca y forzó su cabeza para que la boca llegase al lugar justo. En el primer instante, le pareció advertir una ola de repugnancia; tuvo que abrir mucho la boca para abarcar el grueso cilindro trémulo y ardiente, sintiendo prevención porque sus labios palpaban carne desnudada, como si no necesitarse retraerse el prepucio. No supo cuánto tiempo pasó hasta que la repugnancia se esfumó y sólo pensó en esforzarse por hacer sentir a Iván lo que él estaba sintiendo. Poco a poco, se acompasaron; Lorenzo no pudo resistir mucho más, de modo que trató de retirarse para no llenar de semen la boca de Iván, pero este apretó los labios para impedir el movimiento. Iván demoró todavía varios minutos; su orgasmo fue distinto; Lorenzo notó que levantaba las caderas, agitaba las piernas y movía el pecho y los hombros como si le estuvieran alcanzando intensas descargas eléctricas, mientras emitía ronquidos como un jabalí furioso. Tardó unos segundos en advertir que también su boca se había llenado de semen.
Permanecieron varios minutos en silencio. -Ya no puede faltar mucho para le retreta, Iván. -Quédate quieto un poco más, hermano, por favor. -¿Por qué tienes…? -¿Qué? -Tu pene parece diferente del mío. Iván tomó su mano, conduciéndola hasta su glande. -¿Te refieres a esto? –Lorenzo asintió con un murmullo-. Estoy circuncidado. Por si no sabes lo que es, a los niños judíos y a los moros les cortan el prepucio en una ceremonia religiosa. Hay tantos moros y judíos en Melilla, que la costumbre ha calado entre algunos españoles. Mis hermanos también están circuncidados. Dicen que el glande pierde sensibilidad, pero la verdad es que uno gana en duración del sexo. ¿No te has dado cuenta de que tardo bastante más que tú en correrme? -Creía que era por la experiencia. -Bueno, eso también, Pero yo tardé siempre mucho. Y cuando gozo, gozo. -Ya me he dado cuenta. -Y te voy a enseñar a ti a gozar lo que ni te imaginas. -¿Me vas a cortar el prepucio? -No. Bájate el pantalón y levanta las rodillas hasta el pecho –Lorenzo obedeció-. Ahora, quédate quieto y no hagas nada. Con inquietud y rubor, Lorenzo sintió que la boca de Iván se posaba en su ano. En el primer momento, su impulso fue saltar y echar a correr, y tal vez lo hubiera hecho, pero Iván lo sujetaba fuertemente abrazando sus piernas. Bastaron un par de caricias para abatir la resistencia. Cuando creía que sería imposible, pues habían pasado muy pocos minutos desde el orgasmo, notó que volvía a tener erección, mientras la lengua de Iván hurgaba en su interior. Eso sí que era inesperado, incomprensible, estremecedor pero maravilloso. La combinación de sentimientos y sensaciones fue como un torbellino. Comenzó a llorar, mientras su mente le entregaba una imagen menguante de su padrino que se alejaba infinitamente en el espacio. Desde aquella noche, comenzaron a hacer planes para vivir juntos en Melilla.
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PROMINENCIAS PROMINENTES

martes, 20 de febrero de 2018

CUENTOS DEL AMOR VIRIL Luis Melero PACO PORN STAr

PACO PORN STAR
El tiempo iba pasando y el desaliento de Paco crecía mientras su autoestima disminuía y se le instalaba un hierro ardiente en el pecho. Tras caducar el subsidio de desempleo hacía dos meses, ya no podía satisfacer ni el menor capricho de Carmi. Y eso que ella había reducido el tono de sus exigencias aunque sin renunciar a ellas. Hasta tres o cuatro meses atrás, Carmi solía decirle “Tienes que comprarme tal cosa o cual otra”; ahora, ya casi nunca decía “tienes”; se limitaba a decir “deberías” la mayor parte de las veces. Pero la renuncia al verbo imperativo conllevó el aumento de sus “dolores de cabeza” como pretextos y el espaciamiento de su aceptación del sexo con él. Se había distanciado, y Paco necesitaba ansiosamente recuperarla, no sólo porque la quería; también, porque su cuerpo ardía y se derretía, sobre todo de noche. . Debía encontrar un trabajo, porque hacía tres o cuatro semanas que había decidido delinquir por ella y no había sido capaz. ¿Cómo se asaltaba una tienda? ¿Cómo se convertía uno, al menos, en ratero de gran almacén? Era muy acuciante el ayuno sexual a que lo sometía Carmi. Paco era un hombre fuerte y apasionado; poseía gran apetito erótico adobado con un fuerte atractivo viril, un apetito que ahora estaba convirtiéndose en padecimiento, un fuego que lo consumía, porque su obsesión por Carmi representaba también enorme indiferencia hacia las demás mujeres. Estaba perdiendo el control día a día. Sudaba en la cama por sus deseos insatisfechos y los sueños que por convertirse en pesadillas no le proporcionaban siquiera el desahogo de poluciones involuntarias y ya no era capaz de contener ni disimular sus erecciones en todas partes, el autobús, las colas del supermercado… En todas partes vivía del tormento al rubor. No tenía más remedio que encontrar una solución. Revisaba meticulosamente las secciones de ofertas de trabajo de los periódicos de anuncios clasificados; muy pocas ofrecían de veras trabajo, se trataba casi siempre de anuncios de algún “sistema” para ganar dinero mediante “pequeñas inversiones” o pagando por el ingreso en determinadas páginas de internet, que al final resultaban ser fraudulentas y despiadadas incitaciones a entrar en páginas de casino, cuando no invitaciones a prostituirse. No había ninguna posibilidad de conseguir un empleo, tenía que reconocerlo. Y jamás sería capaz de emigrar, porque su obsesión de conseguir un sueldo era consecuencia de su obsesión por Carmi, ya que sus padres cubrían sus principales necesidades vitales, pues le daban todavía una cama y la comida, y a Carmi no la tendría en otro lugar. Pero tampoco sus padres estaban en condiciones de ayudarle; no podían hacerle un préstamo para ninguna iniciativa ni podían siquiera avalarle un crédito. Padecía insomnio aunque sólo contaba veintisiete años. Siempre probaba a masturbarse a la hora de acostarse, pero le quedaba siempre tal frustración y sentimiento de soledad, que pocas veces se decidía a hacerlo. Últimamente, cada vez que le suplicaba a Carmi lo que ella se resistía tanto a darle, se le escapaban tonos lastimeros a pesar de querer disimularlos. Estaba perdiendo la dignidad. Tras pasar una noche de sueño alterado y pesadillas inclementes, se levantó una mañana muy temprano para revisar las ofertas de trabajo antes que nadie, no fuera a presentarse una oportunidad en la que otro se le adelantara. Tras varios repasos desalentadores, se fijó en una oferta que no había visto anteriormente: “Buscamos hombres fuertes y bien dotados, que quieran actuar en películas para adultos”. Había que escribir a una dirección de internet y mandar fotografías de cuerpo entero en slip, una de frente y otra de perfil. ¿Cómo iba a mandar por las buenas fotografías casi desnudo, a una dirección anónima? Además, no disponía del sistema digital necesario para ello. Ni se sentía capaz de actuar en una película que seguramente sería pornográfica. Caviló sobre ese anuncio tres o cuatro días, porque lo seguían publicando mientras su desesperación crecía y su resistencia iba aflojándose. Llevaba más de una semana sin sexo con Carmi; caviló que trabajar en una película de tal clase podía actuar como sustituto y representar un alivio. Pero… ¿podía hacerlo? Por otro lado, no imaginaba que a Carmi le agradase que él tuviera esa actividad, aunque solo fuera una vez. Pasados dos días más, con su angustia y su desolación en aumento, resolvió que no perdería nada con intentarlo. Recurriría a su primo Joaquín, que tenía ordenador y sabía mucho de informática; creía recordar que también tenía cámara de fotografía. Con lo fanático que era Joaquín de las tecnologías modernas, la cámara sería digital. No frecuentaba mucho la amistad con ese primo, porque desde la adolescencia le parecía que no era demasiado macho, pero qué otra cosa podría hacer. Lo llamó por teléfono; tras explicarle lo que necesitaba y disculparse Paco por sus silencios, Joaquín le dijo: -Sí, con mi cámara podemos meter tus fotos en un correo de internet, pero no tengo luces ni los flashes necesarios para tomar fotos en interior. Tendríamos que buscar un lugar discreto al aire libre. ¿Qué clase de porno quieres hacer? Paco dudó unos instantes. Le alarmó que su primo adivinase por qué quería las fotos. -…No estoy seguro… En el anuncio resaltan mucho lo de la ”buena polla” y yo… -¿Qué? -No lo tengo muy claro… -¿Qué la tuya sea una buena polla? -Sí. -Si la memoria no me engaña, tienes una polla de concurso, no te preocupes. -¿Estás seguro? -Cuando te vi, éramos niños. Han pasado muchos años y ahora eres un hombre adulto. Si la naturaleza ha hecho su trabajo, ahora será más… Es que de muchacho, tenías una cosa inmensa. -¿De verdad? -¿Has visto alguna película de Nacho Vidal? -Si. -Bueno. La tuya no es tan inmensa, pero es más perfecta y mucho más bonita. La de nacho es como una mortadela medio fea. La tuya, aunque grande, tal como la recuerdo es bonita y elegante. Si insisten tanto en lo de una buena polla, a lo mejor es cine gay. -Entonces… -Bueno, a lo mejor no. Tú no te preocupes. Medita a ver qué sitio se te ocurre y ven a buscarme el sábado que viene a primera hora de la mañana. Paco caviló mucho e inspeccionó con el coche los alrededores de la ciudad, para descubrir el lugar donde poder hacer esas fotos, lo que tuvo el efecto de permitirle descansar a ratos de su obsesión por Carmi y su frustración sexual. Eligió un paraje que nunca había visitado antes, y que le pareció que sería discreto. A las diez y media de la mañana del sábado siguiente, llegaron los dos primos a un soto que bordeaba el río cercano a la ciudad; un lugar muy alejado de cualquier población y distante varios centenares de metros de la carretera. Lo recorrieron durante un largo rato, a fin de que Joaquín encontrara un espacio abierto cuya iluminación considerase conveniente. -Aquí –dijo por fin-. Desnúdate. -Pueden vernos desde la carretera. -¿Tú crees que la gente conduce mirando hacia el interior de los bosques como este? Además, ¿no pretendes trabajar en una película porno? ¿Te vas acojonar por quedarte en calzoncillos? -Has dicho “desnúdate”. -Bueno, quería decir que te quedes en slip, pero tampoco sería malo que te hicieras la foto desnudo, tratándose de lo que se trata. -¡No jodas! -Venga, Paco, quítate el pantalón deprisa, porque la luz cambia muy rápidamente a estas horas. Inesperadamente, Joaquín disparó muchísimas tomas durante varios minutos mientras le pedía que se girase o adoptara ciertas posturas. Tras una toma de perfil, Joaquín preguntó: -¿Estás empalmado? Realmente, la prominencia del calzoncillo era llamativa. -¡Qué va, estás loco! -Entonces, ¿todo eso es de verdad tu polla? Es como el doble de lo que recordaba. Paco enrojeció. Pero al mismo tiempo sintió un ataque de vanidad que le impulsó a echar involuntariamente las caderas hacia delante. ¿Qué estaba ocurriendo? ¿Podía tener una erección porque otro hombre lo alabara? Escandalizado, se encogió de nuevo, mientras Joaquín comentaba: -Si pretendes trabajar en el porno, deberías depilarte el cuerpo. Estupefacto, Paco bajó la mirada para contemplarse. No tenía demasiado vello; sólo las piernas y los antebrazos eran medianamente velludos, aparte de la parte superior del pecho y el típico cordón umbilical propio de los hombres. No necesitaba depilar su cuerpo, ni ello le agradaría a Carmi. -Tú no estás bien de la cabeza. -Es lo que está de moda en el porno en la actualidad. Se depilan hasta la entrepierna. -¡Qué tontería! Será en el porno gay. Joaquín apretó los labios y tragó saliva. Le sorprendía la imprevista clarividencia de ese primo medio desconocido. -¡Qué va! Los machos del porno hetero también se depilan. -Pues yo no voy a depilarme. Sería la mar de asqueroso. Si les gusta como soy, al natural, estupendo. Si no, yo no soy un faraón egipcio. Joaquín sonrió. No había tenido trato con su primo, sobre todo a partir de la adolescencia. Le estaba sorprendiendo mucho y por muchas razones y, en ese momento, supuso que Paco se había envalentonado por el comentario sobre el abultamiento de su calzoncillo, porque se lo bajó rápida y resueltamente, con movimientos muy rápidos, como si tratara de no arredrarse a medias por querer mostrarse desnudo. Casi magnetizado, Joaquín avanzó hacia él, agachado, para enfocar la magnificencia de su entrepierna. -¿Qué haces? –se quejó Paco, pero no se movió. -Tengo que hacerle una foto a tu polla, porque si no, cuando nos vayamos voy a creer que he tenido una alucinación. ¿Sabes que es formidable? Paco calló. Se sonrojó al tiempo que forzaba su vientre de modo reflejo, como si quisiera que la fotografía ganase en espectacularidad. Pero la admiración y los elogios de Joaquín estaban teniendo un efecto inesperado; sentía que iba a empalmarse, por lo que se subió el calzoncillo con rapidez. Terminada la sesión, volvieron al domicilio de Joaquín. El ordenador estaba en su dormitorio; su primo le ofreció una silla pegada al suya, pero Paco la apartó un poco. Sentía todavía una clase de prevención que la lógica le decía que estaba injustificada; su primo no iba a intentar agredirlo sexualmente. Trató de evocar cómo era Joaquín cuando jugaban de niños; evocó que lo quería muchísimo entonces, y que el distanciamiento de la adolescencia sobrevino, sobre todo, por los comentarios de sus padres acerca de una supuesta debilidad viril. Ahora no sentía el mismo afecto por él que antaño, le parecía un extraño de quien se apartaría en cuanto tuviera lo que necesitaba. Y no se trataba de la sospecha de su homosexualidad, lo que no le importaba gran cosa, sino porque realmente se habían convertido en extraños. -Mira, han salido muy bien –comentó Joaquín señalando la pantalla del ordenador. A Paco le costó un poco reconocerse. A primera vista, parecían fotos de un artista de cine, tanto había cuidado Joaquín los enfoques, las luces y los ángulos. Cuando llegaron al primer plano del pene, Paco dijo: -Esa no la puedo mandar. -¿Por qué no? Con esto, seguro que te contratarían. -¡Qué vergüenza! Ni pensarlo. Guárdala tú, pero no se la enseñes a nadie. Haz con ella… lo que quieras. Enviaron las fotos por internet a la dirección que figuraba en el anuncio. Como no disponía de ordenador, Paco reseñó su dirección postal, por lo que esperó inútilmente una carta durante los siguientes diez días. Una noche, su madre le dijo al llegar: -Tu primo Joaquín te ha llamado unas cuantas veces esta tarde. -¿Te dijo lo que quería? -No ha querido. Me ha dicho que no necesitas llamarlo y que vayas sin falta esta noche a su casa. Extrañado, Paco cenó deprisa para evitar que la madre de Joaquín lo convidara a comer y tuviera que aceptar. Mientras se cambiaba de ropa varias veces antes de decidirse, se preguntó por qué intentaba aparecer presentable; se dijo que no era lo mismo andar por la calle de día que de noche. Era jueves; no creía que su primo llegase temprano a su casa una noche de jueves, pero de todos modos fue. El primo Joaquín fue quien le abrió la puerta. -Menos mal que has venido. Tienes que ir por la mañana… Joaquín se interrumpió. Su madre estaba cerca. -Vamos a mi cuarto –continuó Joaquín-. Quiero enseñarte una cosa. Paco lo siguió un poco escamado pero al cerrar la puerta del dormitorio tras ellos, notó que el ordenador estaba encendido. -Como mandamos tu respuesta desde mi correo, los promotores de esas películas han respondido aquí, creyendo que sería el tuyo. Tienes que presentarte mañana por la mañana. -A mí no me han mandado ninguna carta. -Claro, Paco. Si mandan el correo por internet, no se preocupan de otras cosas. Lo importante es que te han respondido, aunque todavía no digan que vayan a darte el trabajo. -Me da un reparo… me acojona un poco. -¿Quieres que te acompañe? Paco miró a su primo mientras reflexionaba. Se había preocupado por él, evidentemente, dándose prisa por encontrarlo para que no perdiera la oportunidad. Sin duda, quedaba algo del cariño que se habían profesado de niños. -Sería estupendo. Contigo al lado, a lo mejor no hacen nada raro. -Joder, Paco; parece que temieras que quieran violarte… Con lo fuerte que eres y la pinta de gallito que tienes, nadie se atrevería a provocarte, creo yo. -Bueno, pero por si las moscas, ir acompañado será más seguro. -Vale, estupendo, iré contigo. El local de la cita había sido en otro tiempo un gran almacén de los ferrocarriles, de extensión enorme; el rótulo de la puerta rezaba simplemente “Productora Elazaz y Marvin”. Joaquín se había callado todo comentario al notar el cuidado que había puesto Paco para dar buena impresión. Toda su ropa debía de ser lo que él consideraba lo mejor de su ropero. Se había afeitado muy a fondo y el peinado mostraba trazas de un meticuloso trabajo de decisión y aplicación de gomina. Ahora, en el momento de entrar donde lo esperaban, decidió abogar todo lo que pudiera en su favor, puesto que consideraba a Paco algo cándido y no muy batallador. Tuvieron que llamar a un portero automático. Al entrar, Joaquín observó la cantidad de grandes fotografías de hombres desnudos, pero Paco pareció no fijarse; se desplazaba con la cabeza gacha, como si anticipara una catástrofe. Joaquín se enterneció. Llamado por una recepcionista muy madura, les atendió un hombre de alrededor de cuarenta años; iba en camiseta de tirantes. -¿Los dos venís por el anuncio? -No –respondió Joaquín-. Sólo este. -Ah muy bien. Yo soy el productor. Ven conmigo tú solo, que tu novio te espere aquí. Paco enrojeció. -No es mi novio. Es mi primo, y solo no entro. El hombre se encogió de hombros diciendo: -Como quieras, tú mismo. Si no te importa… Los condujo a una habitación de tamaño mediano, donde solo había un sillón de orejas en el centro, tapizado de skay rojo. -Tú te desnudas del todo y te sientas ahí –le dijo a Paco y a continuación, a Joaquín: -Tú tendrás que quedarte de pie, pero pegado a aquella pared y sin moverte. -¿Desnudarme del todo? -preguntó Paco con tono quejumbroso. -¿No sabías que se trata de películas porno? Claro que tienes que desnudarte del todo; detrás de ese espejo, hay una cámara que estará filmando tu prueba, a ver cómo respondes. ¿Qué tipo de películas porno te gustan? -No comprendo –respondió Paco, mientras Joaquín, asombrado, le daba un leve codazo. -Tenemos que comprobar que funcionas bien –informó el productor- ¿Te gusta el sado, lo romántico, lo muy guarro, los maduros o lo juvenil? -Me da igual. Tras desnudarse Paco y sentarse con mucha prevención, se encendieron un foco a cada lado y, al mismo tiempo, una pantalla grande de televisión situada bajo el espejo. En seguida, comenzó una escena pornográfica donde dos hombres jóvenes hacían sexo muy apasionadamente. -¿Qué coño es esto? –exclamó Paco. -Seguramente, se trata de hacer películas pornográficas gay, Paco –observó Joaquín. -¡Ni pensarlo! ¿Fíjate, cómo voy a excitarme con esa guarrería? Contradiciendo la exclamación, el pene de Paco comenzaba a ponerse morcillón. -Pues mírate –dijo Joaquín-, se te ha puesto grande. Empiezas a excitarte. -Será una reacción natural, pero yo no voy a hacer esas porquerías. Joaquín asintió con la cabeza. Reflexionó un momento antes de decir: -El porno gay es el que más paga a los hombres. Y la mayoría de los modelos que actúan en estas películas son heterosexuales, como tú; precisamente, los buscan con pinta muy de machos, parecidos a ti, porque es lo que más vende. Y necesitan que sean muy eróticos, muy apasionados, como tú cuentas que eres, para tener la seguridad de que no sufrirán gatillazos. -Pues yo no… -Paco calló y volvió a mirar la pantalla. ¿Sería verdad que esos hombres no eran gays? Parecían pasarlo muy bien. -¿Qué te importa? –continuó Joaquín- Al fin y al cabo, venías dispuesto a tener sexo delante de una cámara por dinero; no hay tanta diferencia, Y de todos modos, sea gay o heterosexual, nadie de la familia va a ver esas películas. Y si necesitas ganarte un poco la vida, ganarás mucho más con el porno gay
-Pero… Imagina si la Carmi se entera… -¿Por qué se iba a enterar? Ya que estás aquí, decídete, que no vas a perder nada. Paco volvió a mirar la pantalla. Cerró los ojos un instante, buscando resolución en su ánimo, y de nuevo se fijó en la película. Sentía una angustiosa mezcla de impulsos, porque lo que veía lo considera repugnante, pero su cuerpo estaba respondiendo. Ver varios penes muy erectos excitaban a todo el mundo, incluidos los machos aunque fueran muy militantes, le habían dicho una vez. Ahora llevaba más de dos semanas sin sexo, Carmi se había vuelto inabordable, la masturbación le aburría mucho y la nostalgia de un orgasmo se estaba convirtiendo en apremiante. A los cinco minutos, Joaquín sonrió, porque el pene de su primo mostraba ya toda su llamativa y espléndida plenitud. Pasaron sólo unos tres minutos antes de abrirse la puerta y entrar el productor muy sonriente: -Estupendo. Puedo darte un papel en una película que vamos hacer el lunes y el martes. No te preocupes por la ropa, porque te la proporcionaremos aquí. Vamos a firmar. Paco se vistió deprisa, sintiendo un profundo sonrojo. No podía hacerlo, tenía que salir de ese sitio. Notando su vacilación, Joaquín le puso la mano en la espalda, empujándolo suavemente, mientras murmuraba en su oído: -Tranquilízate. Todo está bien, primo. El productor le dio a leer el contrato tras anotar en una casilla de la primera página, con letras de molde, el nombre de Paco. Todavía dudó este un instante, pero Joaquín, sentado a su lado, tocó su rodilla después de fijarse en lo que iban a pagarle por dos días de algo que no podía llamarse verdaderamente trabajo. Paco firmó, pero sentía gran angustia. En cuanto salieron del local, dijo: -No voy a poder hacerlo, primo. Sería superior a mis fuerzas. -Ya has firmado, Paco. Tratándose de la actividad que se trata, no creo que sean demasiado legalistas, pero a lo mejor podrían buscarte las cosquillas si no cumples. -Joder. Tendré que beberme unos cuantos pelotazos antes de venir el lunes. -No bebas, Paco. Un poco de alcohol puede estimular, pero si te pasas, ni se te empina. -¿Podrás venir conmigo? –el tono de Paco era suplicante. -¡Claro! Me saltaré la universidad esos dos días, no te preocupes. ¿No quieres depilarte el cuerpo? -Ese tío no ha dicho nada. No sé… ¿tú me ayudarías? -Por supuesto. Si quieres, te afeito yo… Paco apretó los labios. Si era cierto lo que sospechaba hacía tiempo, sin duda Joaquín se sentiría muy complacido de hacer eso. Pero al recordar a Carmi, se dijo que no sabría improvisar una excusa si ella le daba la oportunidad de mostrarse desnudo. -Prefiero quedarme como estoy, Joaquín. Si ese tipo no ha hecho ningún comentario sobre mi vello, será que le gusta como soy. -Vale. El lunes iré temprano a tu casa para acompañarte. Antes, báñate con mucho cuidado y aféitate a fondo. Tus cejas… a ver. Joaquín le puso la mano en la frente. -Tengo que arreglarte un poco las cejas. Iré a tu casa una hora antes. Joaquín llegó el lunes a la casa de los padres de Paco a las ocho de la mañana. En cuanto entró, se dio cuenta de que Paco, que ya estaba vestido, se había esmerado. Su pelo trigueño presentaba un corte y un peinado muy a la moda; se había puesto una camisa roja de seda que permitía apreciar su buen desarrollo muscular, y un pantalón blanco de tipo vaquero, bastante ajustado. A Joaquín le conmovió su afán de agradar a pesar de su cacareada heterosexualidad. No esperaba encontrarlo así de bien; durante el desplazamiento para llegar a su casa, había previsto que tendría que aconsejarle al respecto, pero no era necesario; además, el productor les había advertido de que él proporcionaría la ropa. -Vamos a tu cuarto –dijo Joaquín-. Tengo que arreglarte un poco las cejas. -No irás a depilarme como esos tíos que van como las mujeres. -No te preocupes, primo. Sólo se trata de aclararte el entrecejo y perfilarte un poco las puntas. Unos cuantos pelillos, nada más. En cuanto llegaron a la productora, el mismo hombre de la otra vez le dijo a Paco mientras le daba una cajita: -Ten; desnúdate y ponte esto. Ve a prepararte en la habitación del fondo del pasillo. En seguida irá la maquilladora. ¿Quieres tomarte un Cialis? -¿Eso qué es? -No es necesario –atajó Joaquín- Paco no lo necesita. -Primo, ven conmigo dijo Paco, agarrando el brazo de Joaquín. Ya en la habitación señalada, Paco abrió la cajita antes de desnudarse. Se trataba de una especie de tanga muy pequeña. De color rojo, sin parte trasera. -Yo no me pongo esto –dijo Paco con tono terminante. -Te lo pondrás por muy poco rato, Paco. Recuerda que es una película porno donde estarás casi todo el tiempo desnudo; esto es para los preliminares. Se llama jock, y es la evolución sexy de una especie de suspensorio que usan los atletas en los Estados Unidos. -¡Qué porquería! Me quedará el culo al aire. -¿Y qué más te da? Unos golpes en la puerta les anunciaron que la maquilladora había llegado. Para sorpresa de ambos, apenas se detuvo en el rostro de Paco; en cambio, examinó con mucha atención su cuerpo y fue aplicándole maquillaje de diferentes tonos y lápices oscuros para resaltar la musculatura del abdomen, las venas de los brazos y otros detalles. El productor abrió la puerta diez minutos más tarde. -¿Estás listo? Paco cogió otra vez a su primo del brazo, para dejar claro que irían juntos. El productor les precedió hasta una habitación bastante mayor, con muchas luces encendidas. El único mueble era una especie de sofá tumbona de color blanco, donde esperaba ya un muchacho desnudo, muy depilado tal como aconsejaba Joaquín, y con una dotación erecta sorprendente en un chico tan delicado. Junto a una cámara muy grande, había tres hombres. Viendo que Joaquín les seguía también, el productor le dijo: -Pégate a aquella pared y no te muevas. Si dices algo, habla muy bajito -dirigiéndose a Paco, añadió: -Ponte de pie casi sentado en el respaldo del sofá. En seguida, el productor fue junto a la cámara, y desde allí continuó ordenándole a Paco: -Mueve el hombro derecho hacia la cámara y gírate un poco; haz como si descubrieras de repente que ese muchacho, que se llama Gustavo, está echado. Trata de poner cara de sorpresa. Paco obedeció, pero exageró demasiado la supuesta sorpresa. Tras ordenar “corten”, el productor volvió a su lado de un salto. -No abras la boca como un bobo – lo decía mientras forzaba el mentón de Paco-. Se trata de abrir un poco los ojos y mover los labios. No te equivoques ahora ni me hagas perder tiempo. Tras volver junto a la cámara y ordenar de nuevo “acción”, está vez pareció quedar satisfecho con la expresión de Paco. La cámara continuó rodando mientras el productor iba ordenando: -Tira de los dos elásticos del “jock” y juega con ellos… Bien. Ahora, ve bajándotelo muy lentamente… Eso, así despacio… Ahora, mueve el muslo derecho por encima del sofá y, poco a poco, ve echándote encima de Gustavo un instante, pero enderézate en seguida... Tras mandar parar la cámara de nuevo, el productor le indicó a Paco que se retrepara en el sofá y cerrase los ojos. A la nueva orden de “acción”, sintió que el otro muchacho le besaba reiteradamente en el cuello y después le lamía los pezones; en el primer momento, esa cálida humedad le pareció desconcertante, pero poco a poco consiguió frenar su impulso de rechazarla y escapar; minutos más tarde, decidió que esa caricia no era desagradable. -Pajéate un poco –oyó que le ordenaba el productor. Paco obedeció, pero el pene no. Oyó algunos murmullos que no consiguió entender, y a continuación sintió que el otro muchacho comenzaba a lamerle el pene. Carmi se resistía a hacer eso; las escasas veces que había conseguido convencerla, sólo lo hacía muy brevemente; parecía repugnarle. Ahora, se admiró por lo muy experta que aquella boca era. Abrió las piernas todo lo que pudo, trató de relajarse y se representó mentalmente las escenas más tórridas que había vivido con Carmi. Unos minutos más tarde, notó que conseguía la erección, seguida de exclamaciones de los que estaban junto a la cámara. El productor le dijo con tono de aprobación. -Muy bien, Paco. Estupendo. Mantén los ojos cerrados y deja que Gustavo lo haga todo. El joven continuó su experto trabajo unos minutos. Inesperadamente, Paco comenzó a sentir que podía eyacular y se puso a mover las caderas con impaciencia. Los demás se dieron cuenta; Paco sintió una mano enérgica que le abrazaba fuertemente el pene, casi dolorosamente, para impedir el orgasmo. -Aguanta -dijo el productor-. Gustavo, hazlo ahora. Paco, mantén los ojos cerrados. Tras una nueva orden de “acción”, Paco advirtió por el sonido que el tal Gustavo le enfundaba un condón y a continuación se sentaba sobre sus muslos. En seguida, notó que el chico trataba de introducirse su pene, pero al mismo tiempo tomó consciencia de que sentía sobre el vientre el peso de la erección de Gustavo. De inmediato, su pene se contrajo. -¡Joder! –exclamó el productor-. Y ahora, ¿qué? Paco abrió los ojos. Era evidente que no podía hacer eso. Tenía que irse en seguida, mientras escuchaba que el productor decía con tono muy rajado: -Eres como la mayoría de los heterosexuales; no se te empina con un tío y no eres capaz ni de penetrar; va a haber que acabar haciendo como con casi todos los que son como tú, penetrarte, que es para lo único que valéis. Paco se alarmó tanto, que hizo ademán de disponerse a saltar del sofá y huir. Pero sonó de inmediato la voz de su primo Joaquín preguntando al productor: -¿Puedo ponerme detrás del sofá y hablarle a Paco? Tras dudar un momento, el productor se encogió de hombros diciendo: -Bueno, a ver si consigues algo…; pero solamente esperaremos diez minutos más, que el tiempo aquí cuesta dinero. No creo que tu primo funcione, qué pérdida de tiempo. A ver qué puedes conseguir tú, pero habla lo más bajo que puedas. Venga, Gustavo, retoma la acción y tú, Paco, vuelve a cerrar los ojos. Acción. Paco consideró que nadie podía describir lo que le recorría el pecho. Ni él mismo podría. Repugnancia, anhelo de cumplir, náusea, deseo de no quedar en ridículo, temor a decepcionar a Joaquín y cierta forma de parálisis; todo ello se amalgamaba en su mente formando una especie de grito desesperado. Estaba seguro de que no podía esperar nada más que redondear el fracaso. Pero comenzó a oír la voz de Joaquín, que situado detrás del sofá, debía de haberse agachado en una posición cercana a su cabeza, desde la que le llegase clara su voz en tono muy suave: -Anda… Paco, folla; tú puedes. Siempre he sabido que eres el macho más macho y poderoso de la familia; no puedes fallar. Sé que no vas a fallar. Estoy seguro de que harás en la vida todo lo que te propongas, en cuanto te des cuenta de que la gente se detiene para verte pasar y caer a tus pies. Pues, claro que puedes. Todos estamos orgullosos de ti. Paco escuchaba solamente la voz de su primo; todos los demás sonidos del plató enmudecieron para sus oídos. Sintió que sus ingles se relajaban y que dejaban de pesarle tanto las piernas de Gustavo sobre sus muslos. Empezaba a desaparecer el miedo. -Siempre te he admirado –continuó Joaquín en el mismo tono acariciante y sugerente-. Y también te envidiaba. Eres todo lo que a cualquier tío de nuestra edad le gustaría ser. No es que te parezcas a Brad Pitt, pero seguramente eres el muchacho más atractivo del barrio… y de muchos kilómetros a la redonda. Y tú polla, bueno, tienes la polla más poderosa y atractiva que he visto nunca, y te confieso que he visto muchas. Nadie se quedaría indiferente viéndotela. Tú puedes, Paco. Eres poderoso… Efectivamente, la erección volvió. Paco ansió mentalmente que Joaquín no parase de hablar. Empezó a empujar las caderas y los glúteos con fuerza, al tiempo que escuchaba que Gustavo se ponía a gemir de manera mucho más estridente que Carmi, de modo que temió que podía desinflarse de nuevo, pero Joaquín continuó, ahora en un tono un poco más alto, como queriendo vencer el sonido de la voz de Gustavo: -Nadie pondrá en duda jamás lo muy macho que eres. Podrías cepillarte a media ciudad, y quedarte ganas de más, porque eres un volcán; ya de niño me daba cuenta. Ni puedes imaginar las veces que te adoré cuando todavía jugábamos juntos; ni te imaginas las veces que soñaba contigo y solamente éramos un par de muñequitos; pero entonces, ya era notable tu fuerza, tu pasión, tu poder… Llegaba. Sin darse cuenta, Paco fue acompasando progresivamente sus gemidos con los de Gustavo, de modo que éste anticipó lo que iba a ocurrir. Volvió la cabeza a medias, pidiendo permiso al productor, y este asintió. Se alzó unos centímetros para que Paco saliese de él y le desenfundó con rapidez el condón. De inmediato, se produjo el orgasmo más violento que Paco recordaba; al quedar libre el pene de la opresión elástica, las tres semanas largas de ayuno sexual a que Carmi lo había sometido se convirtieron en un violento géiser islandés, que brotó generoso produciendo un surtidor impresionante. -Magnífico –exclamó con admiración el productor. Paco volvió en busca de la ropa, acompañado de Joaquín. Se duchó lenta y minuciosamente, porque necesitaba liberar su piel no sabía bien de qué. Tuvo que apresurarse a vestirse, porque llamaron a la puerta anunciando que el productor esperaba para pagarle. Sin apartarse de Joaquín, Paco avanzó contento hacia la atiborrada mesa de despacho de la entrada. El productor contaba el dinero en efectivo, en billetes de cincuenta euros. -Voy a pagarte ahora –dijo-, porque viajo esta tarde por un par de días. Pero tienes que venir mañana a las diez, para dos tomas de exteriores y el comienzo de la escena; sólo vestido. Ese pantalón estará bien, pero te quedaría mejor una camiseta azul fuerte, muy apretada. Si no tienes, tendrás preparada una por la mañana. Mañana, pregunta por Alfredo. Toma. Puso el fajo en las manos de Paco, causándole una alegría de intensidad imprevista, pues volvía a tener dinero en el bolsillo después de mucho tiempo. -La semana que viene, tengo otra película para ti, si te interesa. Si quieres –siguió, dirigiéndose a Joaquín-, tú también puedes actuar en esa película Nunca había pensado Joaquín en que eso fuera posible. ¿Actuar en una película porno? No debería distraerse de los estudios, pues ya era un poco mayor porque había suspendido dos cursos. Además, no se sentía atractivo, al menos, en comparación con su primo. Con sorpresa, escuchó que este preguntaba: -¿Actuaríamos juntos los dos? El productor dudó un instante antes de asentir con la cabeza. -¿Y a él le pagaría lo mismo que a mí? -Supongo que sí, pero tendría que esforzarse. Paco le dio un codazo a Joaquín, al tiempo que amagaba una palmada en su culo. El tiempo iba pasando y el desaliento de Paco crecía mientras su autoestima disminuía y se le instalaba un hierro ardiente en el pecho. Tras caducar el subsidio de desempleo hacía dos meses, ya no podía satisfacer ni el menor capricho de Carmi. Y eso que ella había reducido el tono de sus exigencias aunque sin renunciar a ellas. Hasta tres o cuatro meses atrás, Carmi solía decirle “Tienes que comprarme tal cosa o cual otra”; ahora, ya casi nunca decía “tienes”; se limitaba a decir “deberías” la mayor parte de las veces. Pero la renuncia al verbo imperativo conllevó el aumento de sus “dolores de cabeza” como pretextos y el espaciamiento de su aceptación del sexo con él. Se había distanciado, y Paco necesitaba ansiosamente recuperarla, no sólo porque la quería; también, porque su cuerpo ardía y se derretía, sobre todo de noche. . Debía encontrar un trabajo, porque hacía tres o cuatro semanas que había decidido delinquir por ella y no había sido capaz. ¿Cómo se asaltaba una tienda? ¿Cómo se convertía uno, al menos, en ratero de gran almacén? Era muy acuciante el ayuno sexual a que lo sometía Carmi. Paco era un hombre fuerte y apasionado; poseía gran apetito erótico adobado con un fuerte atractivo viril, un apetito que ahora estaba convirtiéndose en padecimiento, un fuego que lo consumía, porque su obsesión por Carmi representaba también enorme indiferencia hacia las demás mujeres. Estaba perdiendo el control día a día. Sudaba en la cama por sus deseos insatisfechos y los sueños que por convertirse en pesadillas no le proporcionaban siquiera el desahogo de poluciones involuntarias y ya no era capaz de contener ni disimular sus erecciones en todas partes, el autobús, las colas del supermercado… En todas partes vivía del tormento al rubor. No tenía más remedio que encontrar una solución. Revisaba meticulosamente las secciones de ofertas de trabajo de los periódicos de anuncios clasificados; muy pocas ofrecían de veras trabajo, se trataba casi siempre de anuncios de algún “sistema” para ganar dinero mediante “pequeñas inversiones” o pagando por el ingreso en determinadas páginas de internet, que al final resultaban ser fraudulentas y despiadadas incitaciones a entrar en páginas de casino, cuando no invitaciones a prostituirse. No había ninguna posibilidad de conseguir un empleo, tenía que reconocerlo. Y jamás sería capaz de emigrar, porque su obsesión de conseguir un sueldo era consecuencia de su obsesión por Carmi, ya que sus padres cubrían sus principales necesidades vitales, pues le daban todavía una cama y la comida, y a Carmi no la tendría en otro lugar. Pero tampoco sus padres estaban en condiciones de ayudarle; no podían hacerle un préstamo para ninguna iniciativa ni podían siquiera avalarle un crédito. Padecía insomnio aunque sólo contaba veintisiete años. Siempre probaba a masturbarse a la hora de acostarse, pero le quedaba siempre tal frustración y sentimiento de soledad, que pocas veces se decidía a hacerlo. Últimamente, cada vez que le suplicaba a Carmi lo que ella se resistía tanto a darle, se le escapaban tonos lastimeros a pesar de querer disimularlos. Estaba perdiendo la dignidad. Tras pasar una noche de sueño alterado y pesadillas inclementes, se levantó una mañana muy temprano para revisar las ofertas de trabajo antes que nadie, no fuera a presentarse una oportunidad en la que otro se le adelantara. Tras varios repasos desalentadores, se fijó en una oferta que no había visto anteriormente: “Buscamos hombres fuertes y bien dotados, que quieran actuar en películas para adultos”. Había que escribir a una dirección de internet y mandar fotografías de cuerpo entero en slip, una de frente y otra de perfil. ¿Cómo iba a mandar por las buenas fotografías casi desnudo, a una dirección anónima? Además, no disponía del sistema digital necesario para ello. Ni se sentía capaz de actuar en una película que seguramente sería pornográfica. Caviló sobre ese anuncio tres o cuatro días, porque lo seguían publicando mientras su desesperación crecía y su resistencia iba aflojándose. Llevaba más de una semana sin sexo con Carmi; caviló que trabajar en una película de tal clase podía actuar como sustituto y representar un alivio. Pero… ¿podía hacerlo? Por otro lado, no imaginaba que a Carmi le agradase que él tuviera esa actividad, aunque solo fuera una vez. Pasados dos días más, con su angustia y su desolación en aumento, resolvió que no perdería nada con intentarlo. Recurriría a su primo Joaquín, que tenía ordenador y sabía mucho de informática; creía recordar que también tenía cámara de fotografía. Con lo fanático que era Joaquín de las tecnologías modernas, la cámara sería digital. No frecuentaba mucho la amistad con ese primo, porque desde la adolescencia le parecía que no era demasiado macho, pero qué otra cosa podría hacer. Lo llamó por teléfono; tras explicarle lo que necesitaba y disculparse Paco por sus silencios, Joaquín le dijo: -Sí, con mi cámara podemos meter tus fotos en un correo de internet, pero no tengo luces ni los flashes necesarios para tomar fotos en interior. Tendríamos que buscar un lugar discreto al aire libre. ¿Qué clase de porno quieres hacer? Paco dudó unos instantes. Le alarmó que su primo adivinase por qué quería las fotos. -…No estoy seguro… En el anuncio resaltan mucho lo de la ”buena polla” y yo… -¿Qué? -No lo tengo muy claro… -¿Qué la tuya sea una buena polla? -Sí. -Si la memoria no me engaña, tienes una polla de concurso, no te preocupes. -¿Estás seguro? -Cuando te vi, éramos niños. Han pasado muchos años y ahora eres un hombre adulto. Si la naturaleza ha hecho su trabajo, ahora será más… Es que de muchacho, tenías una cosa inmensa. -¿De verdad? -¿Has visto alguna película de Nacho Vidal? -Si. -Bueno. La tuya no es tan inmensa, pero es más perfecta y mucho más bonita. La de nacho es como una mortadela medio fea. La tuya, aunque grande, tal como la recuerdo es bonita y elegante. Si insisten tanto en lo de una buena polla, a lo mejor es cine gay. -Entonces… -Bueno, a lo mejor no. Tú no te preocupes. Medita a ver qué sitio se te ocurre y ven a buscarme el sábado que viene a primera hora de la mañana. Paco caviló mucho e inspeccionó con el coche los alrededores de la ciudad, para descubrir el lugar donde poder hacer esas fotos, lo que tuvo el efecto de permitirle descansar a ratos de su obsesión por Carmi y su frustración sexual. Eligió un paraje que nunca había visitado antes, y que le pareció que sería discreto. A las diez y media de la mañana del sábado siguiente, llegaron los dos primos a un soto que bordeaba el río cercano a la ciudad; un lugar muy alejado de cualquier población y distante varios centenares de metros de la carretera. Lo recorrieron durante un largo rato, a fin de que Joaquín encontrara un espacio abierto cuya iluminación considerase conveniente. -Aquí –dijo por fin-. Desnúdate. -Pueden vernos desde la carretera. -¿Tú crees que la gente conduce mirando hacia el interior de los bosques como este? Además, ¿no pretendes trabajar en una película porno? ¿Te vas acojonar por quedarte en calzoncillos? -Has dicho “desnúdate”. -Bueno, quería decir que te quedes en slip, pero tampoco sería malo que te hicieras la foto desnudo, tratándose de lo que se trata. -¡No jodas! -Venga, Paco, quítate el pantalón deprisa, porque la luz cambia muy rápidamente a estas horas. Inesperadamente, Joaquín disparó muchísimas tomas durante varios minutos mientras le pedía que se girase o adoptara ciertas posturas. Tras una toma de perfil, Joaquín preguntó: -¿Estás empalmado? Realmente, la prominencia del calzoncillo era llamativa. -¡Qué va, estás loco! -Entonces, ¿todo eso es de verdad tu polla? Es como el doble de lo que recordaba. Paco enrojeció. Pero al mismo tiempo sintió un ataque de vanidad que le impulsó a echar involuntariamente las caderas hacia delante. ¿Qué estaba ocurriendo? ¿Podía tener una erección porque otro hombre lo alabara? Escandalizado, se encogió de nuevo, mientras Joaquín comentaba: -Si pretendes trabajar en el porno, deberías depilarte el cuerpo. Estupefacto, Paco bajó la mirada para contemplarse. No tenía demasiado vello; sólo las piernas y los antebrazos eran medianamente velludos, aparte de la parte superior del pecho y el típico cordón umbilical propio de los hombres. No necesitaba depilar su cuerpo, ni ello le agradaría a Carmi. -Tú no estás bien de la cabeza. -Es lo que está de moda en el porno en la actualidad. Se depilan hasta la entrepierna. -¡Qué tontería! Será en el porno gay. Joaquín apretó los labios y tragó saliva. Le sorprendía la imprevista clarividencia de ese primo medio desconocido. -¡Qué va! Los machos del porno hetero también se depilan. -Pues yo no voy a depilarme. Sería la mar de asqueroso. Si les gusta como soy, al natural, estupendo. Si no, yo no soy un faraón egipcio. Joaquín sonrió. No había tenido trato con su primo, sobre todo a partir de la adolescencia. Le estaba sorprendiendo mucho y por muchas razones y, en ese momento, supuso que Paco se había envalentonado por el comentario sobre el abultamiento de su calzoncillo, porque se lo bajó rápida y resueltamente, con movimientos muy rápidos, como si tratara de no arredrarse a medias por querer mostrarse desnudo. Casi magnetizado, Joaquín avanzó hacia él, agachado, para enfocar la magnificencia de su entrepierna. -¿Qué haces? –se quejó Paco, pero no se movió. -Tengo que hacerle una foto a tu polla, porque si no, cuando nos vayamos voy a creer que he tenido una alucinación. ¿Sabes que es formidable? Paco calló. Se sonrojó al tiempo que forzaba su vientre de modo reflejo, como si quisiera que la fotografía ganase en espectacularidad. Pero la admiración y los elogios de Joaquín estaban teniendo un efecto inesperado; sentía que iba a empalmarse, por lo que se subió el calzoncillo con rapidez. Terminada la sesión, volvieron al domicilio de Joaquín. El ordenador estaba en su dormitorio; su primo le ofreció una silla pegada al suya, pero Paco la apartó un poco. Sentía todavía una clase de prevención que la lógica le decía que estaba injustificada; su primo no iba a intentar agredirlo sexualmente. Trató de evocar cómo era Joaquín cuando jugaban de niños; evocó que lo quería muchísimo entonces, y que el distanciamiento de la adolescencia sobrevino, sobre todo, por los comentarios de sus padres acerca de una supuesta debilidad viril. Ahora no sentía el mismo afecto por él que antaño, le parecía un extraño de quien se apartaría en cuanto tuviera lo que necesitaba. Y no se trataba de la sospecha de su homosexualidad, lo que no le importaba gran cosa, sino porque realmente se habían convertido en extraños. -Mira, han salido muy bien –comentó Joaquín señalando la pantalla del ordenador. A Paco le costó un poco reconocerse. A primera vista, parecían fotos de un artista de cine, tanto había cuidado Joaquín los enfoques, las luces y los ángulos. Cuando llegaron al primer plano del pene, Paco dijo: -Esa no la puedo mandar. -¿Por qué no? Con esto, seguro que te contratarían. -¡Qué vergüenza! Ni pensarlo. Guárdala tú, pero no se la enseñes a nadie. Haz con ella… lo que quieras. Enviaron las fotos por internet a la dirección que figuraba en el anuncio. Como no disponía de ordenador, Paco reseñó su dirección postal, por lo que esperó inútilmente una carta durante los siguientes diez días. Una noche, su madre le dijo al llegar: -Tu primo Joaquín te ha llamado unas cuantas veces esta tarde. -¿Te dijo lo que quería? -No ha querido. Me ha dicho que no necesitas llamarlo y que vayas sin falta esta noche a su casa.
Extrañado, Paco cenó deprisa para evitar que la madre de Joaquín lo convidara a comer y tuviera que aceptar. Mientras se cambiaba de ropa varias veces antes de decidirse, se preguntó por qué intentaba aparecer presentable; se dijo que no era lo mismo andar por la calle de día que de noche. Era jueves; no creía que su primo llegase temprano a su casa una noche de jueves, pero de todos modos fue. El primo Joaquín fue quien le abrió la puerta. -Menos mal que has venido. Tienes que ir por la mañana… Joaquín se interrumpió. Su madre estaba cerca. -Vamos a mi cuarto –continuó Joaquín-. Quiero enseñarte una cosa. Paco lo siguió un poco escamado pero al cerrar la puerta del dormitorio tras ellos, notó que el ordenador estaba encendido. -Como mandamos tu respuesta desde mi correo, los promotores de esas películas han respondido aquí, creyendo que sería el tuyo. Tienes que presentarte mañana por la mañana. -A mí no me han mandado ninguna carta. -Claro, Paco. Si mandan el correo por internet, no se preocupan de otras cosas. Lo importante es que te han respondido, aunque todavía no digan que vayan a darte el trabajo. -Me da un reparo… me acojona un poco. -¿Quieres que te acompañe? Paco miró a su primo mientras reflexionaba. Se había preocupado por él, evidentemente, dándose prisa por encontrarlo para que no perdiera la oportunidad. Sin duda, quedaba algo del cariño que se habían profesado de niños. -Sería estupendo. Contigo al lado, a lo mejor no hacen nada raro. -Joder, Paco; parece que temieras que quieran violarte… Con lo fuerte que eres y la pinta de gallito que tienes, nadie se atrevería a provocarte, creo yo. -Bueno, pero por si las moscas, ir acompañado será más seguro. -Vale, estupendo, iré contigo. El local de la cita había sido en otro tiempo un gran almacén de los ferrocarriles, de extensión enorme; el rótulo de la puerta rezaba simplemente “Productora Elazaz y Marvin”. Joaquín se había callado todo comentario al notar el cuidado que había puesto Paco para dar buena impresión. Toda su ropa debía de ser lo que él consideraba lo mejor de su ropero. Se había afeitado muy a fondo y el peinado mostraba trazas de un meticuloso trabajo de decisión y aplicación de gomina. Ahora, en el momento de entrar donde lo esperaban, decidió abogar todo lo que pudiera en su favor, puesto que consideraba a Paco algo cándido y no muy batallador. Tuvieron que llamar a un portero automático. Al entrar, Joaquín observó la cantidad de grandes fotografías de hombres desnudos, pero Paco pareció no fijarse; se desplazaba con la cabeza gacha, como si anticipara una catástrofe. Joaquín se enterneció. Llamado por una recepcionista muy madura, les atendió un hombre de alrededor de cuarenta años; iba en camiseta de tirantes. -¿Los dos venís por el anuncio? -No –respondió Joaquín-. Sólo este. -Ah muy bien. Yo soy el productor. Ven conmigo tú solo, que tu novio te espere aquí. Paco enrojeció. -No es mi novio. Es mi primo, y solo no entro. El hombre se encogió de hombros diciendo: -Como quieras, tú mismo. Si no te importa… Los condujo a una habitación de tamaño mediano, donde solo había un sillón de orejas en el centro, tapizado de skay rojo. -Tú te desnudas del todo y te sientas ahí –le dijo a Paco y a continuación, a Joaquín: -Tú tendrás que quedarte de pie, pero pegado a aquella pared y sin moverte. -¿Desnudarme del todo? -preguntó Paco con tono quejumbroso. -¿No sabías que se trata de películas porno? Claro que tienes que desnudarte del todo; detrás de ese espejo, hay una cámara que estará filmando tu prueba, a ver cómo respondes. ¿Qué tipo de películas porno te gustan? -No comprendo –respondió Paco, mientras Joaquín, asombrado, le daba un leve codazo. -Tenemos que comprobar que funcionas bien –informó el productor- ¿Te gusta el sado, lo romántico, lo muy guarro, los maduros o lo juvenil? -Me da igual. Tras desnudarse Paco y sentarse con mucha prevención, se encendieron un foco a cada lado y, al mismo tiempo, una pantalla grande de televisión situada bajo el espejo. En seguida, comenzó una escena pornográfica donde dos hombres jóvenes hacían sexo muy apasionadamente. -¿Qué coño es esto? –exclamó Paco. -Seguramente, se trata de hacer películas pornográficas gay, Paco –observó Joaquín. -¡Ni pensarlo! ¿Fíjate, cómo voy a excitarme con esa guarrería? Contradiciendo la exclamación, el pene de Paco comenzaba a ponerse morcillón. -Pues mírate –dijo Joaquín-, se te ha puesto grande. Empiezas a excitarte. -Será una reacción natural, pero yo no voy a hacer esas porquerías. Joaquín asintió con la cabeza. Reflexionó un momento antes de decir: -El porno gay es el que más paga a los hombres. Y la mayoría de los modelos que actúan en estas películas son heterosexuales, como tú; precisamente, los buscan con pinta muy de machos, parecidos a ti, porque es lo que más vende. Y necesitan que sean muy eróticos, muy apasionados, como tú cuentas que eres, para tener la seguridad de que no sufrirán gatillazos. -Pues yo no… -Paco calló y volvió a mirar la pantalla. ¿Sería verdad que esos hombres no eran gays? Parecían pasarlo muy bien. -¿Qué te importa? –continuó Joaquín- Al fin y al cabo, venías dispuesto a tener sexo delante de una cámara por dinero; no hay tanta diferencia, Y de todos modos, sea gay o heterosexual, nadie de la familia va a ver esas películas. Y si necesitas ganarte un poco la vida, ganarás mucho más con el porno gay -Pero… Imagina si la Carmi se entera… -¿Por qué se iba a enterar? Ya que estás aquí, decídete, que no vas a perder nada. Paco volvió a mirar la pantalla. Cerró los ojos un instante, buscando resolución en su ánimo, y de nuevo se fijó en la película. Sentía una angustiosa mezcla de impulsos, porque lo que veía lo considera repugnante, pero su cuerpo estaba respondiendo. Ver varios penes muy erectos excitaban a todo el mundo, incluidos los machos aunque fueran muy militantes, le habían dicho una vez. Ahora llevaba más de dos semanas sin sexo, Carmi se había vuelto inabordable, la masturbación le aburría mucho y la nostalgia de un orgasmo se estaba convirtiendo en apremiante. A los cinco minutos, Joaquín sonrió, porque el pene de su primo mostraba ya toda su llamativa y espléndida plenitud. Pasaron sólo unos tres minutos antes de abrirse la puerta y entrar el productor muy sonriente: -Estupendo. Puedo darte un papel en una película que vamos hacer el lunes y el martes. No te preocupes por la ropa, porque te la proporcionaremos aquí. Vamos a firmar. Paco se vistió deprisa, sintiendo un profundo sonrojo. No podía hacerlo, tenía que salir de ese sitio. Notando su vacilación, Joaquín le puso la mano en la espalda, empujándolo suavemente, mientras murmuraba en su oído: -Tranquilízate. Todo está bien, primo. El productor le dio a leer el contrato tras anotar en una casilla de la primera página, con letras de molde, el nombre de Paco. Todavía dudó este un instante, pero Joaquín, sentado a su lado, tocó su rodilla después de fijarse en lo que iban a pagarle por dos días de algo que no podía llamarse verdaderamente trabajo. Paco firmó, pero sentía gran angustia. En cuanto salieron del local, dijo: -No voy a poder hacerlo, primo. Sería superior a mis fuerzas. -Ya has firmado, Paco. Tratándose de la actividad que se trata, no creo que sean demasiado legalistas, pero a lo mejor podrían buscarte las cosquillas si no cumples. -Joder. Tendré que beberme unos cuantos pelotazos antes de venir el lunes. -No bebas, Paco. Un poco de alcohol puede estimular, pero si te pasas, ni se te empina. -¿Podrás venir conmigo? –el tono de Paco era suplicante. -¡Claro! Me saltaré la universidad esos dos días, no te preocupes. ¿No quieres depilarte el cuerpo? -Ese tío no ha dicho nada. No sé… ¿tú me ayudarías? -Por supuesto. Si quieres, te afeito yo… Paco apretó los labios. Si era cierto lo que sospechaba hacía tiempo, sin duda Joaquín se sentiría muy complacido de hacer eso. Pero al recordar a Carmi, se dijo que no sabría improvisar una excusa si ella le daba la oportunidad de mostrarse desnudo. -Prefiero quedarme como estoy, Joaquín. Si ese tipo no ha hecho ningún comentario sobre mi vello, será que le gusta como soy. -Vale. El lunes iré temprano a tu casa para acompañarte. Antes, báñate con mucho cuidado y aféitate a fondo. Tus cejas… a ver. Joaquín le puso la mano en la frente. -Tengo que arreglarte un poco las cejas. Iré a tu casa una hora antes. Joaquín llegó el lunes a la casa de los padres de Paco a las ocho de la mañana. En cuanto entró, se dio cuenta de que Paco, que ya estaba vestido, se había esmerado. Su pelo trigueño presentaba un corte y un peinado muy a la moda; se había puesto una camisa roja de seda que permitía apreciar su buen desarrollo muscular, y un pantalón blanco de tipo vaquero, bastante ajustado. A Joaquín le conmovió su afán de agradar a pesar de su cacareada heterosexualidad. No esperaba encontrarlo así de bien; durante el desplazamiento para llegar a su casa, había previsto que tendría que aconsejarle al respecto, pero no era necesario; además, el productor les había advertido de que él proporcionaría la ropa. -Vamos a tu cuarto –dijo Joaquín-. Tengo que arreglarte un poco las cejas. -No irás a depilarme como esos tíos que van como las mujeres. -No te preocupes, primo. Sólo se trata de aclararte el entrecejo y perfilarte un poco las puntas. Unos cuantos pelillos, nada más. En cuanto llegaron a la productora, el mismo hombre de la otra vez le dijo a Paco mientras le daba una cajita: -Ten; desnúdate y ponte esto. Ve a prepararte en la habitación del fondo del pasillo. En seguida irá la maquilladora. ¿Quieres tomarte un Cialis? -¿Eso qué es? -No es necesario –atajó Joaquín- Paco no lo necesita. -Primo, ven conmigo dijo Paco, agarrando el brazo de Joaquín. Ya en la habitación señalada, Paco abrió la cajita antes de desnudarse. Se trataba de una especie de tanga muy pequeña. De color rojo, sin parte trasera. -Yo no me pongo esto –dijo Paco con tono terminante. -Te lo pondrás por muy poco rato, Paco. Recuerda que es una película porno donde estarás casi todo el tiempo desnudo; esto es para los preliminares. Se llama jock, y es la evolución sexy de una especie de suspensorio que usan los atletas en los Estados Unidos. -¡Qué porquería! Me quedará el culo al aire. -¿Y qué más te da? Unos golpes en la puerta les anunciaron que la maquilladora había llegado. Para sorpresa de ambos, apenas se detuvo en el rostro de Paco; en cambio, examinó con mucha atención su cuerpo y fue aplicándole maquillaje de diferentes tonos y lápices oscuros para resaltar la musculatura del abdomen, las venas de los brazos y otros detalles. El productor abrió la puerta diez minutos más tarde. -¿Estás listo? Paco cogió otra vez a su primo del brazo, para dejar claro que irían juntos. El productor les precedió hasta una habitación bastante mayor, con muchas luces encendidas. El único mueble era una especie de sofá tumbona de color blanco, donde esperaba ya un muchacho desnudo, muy depilado tal como aconsejaba Joaquín, y con una dotación erecta sorprendente en un chico tan delicado. Junto a una cámara muy grande, había tres hombres. Viendo que Joaquín les seguía también, el productor le dijo: -Pégate a aquella pared y no te muevas. Si dices algo, habla muy bajito -dirigiéndose a Paco, añadió: -Ponte de pie casi sentado en el respaldo del sofá. En seguida, el productor fue junto a la cámara, y desde allí continuó ordenándole a Paco: -Mueve el hombro derecho hacia la cámara y gírate un poco; haz como si descubrieras de repente que ese muchacho, que se llama Gustavo, está echado. Trata de poner cara de sorpresa. Paco obedeció, pero exageró demasiado la supuesta sorpresa. Tras ordenar “corten”, el productor volvió a su lado de un salto. -No abras la boca como un bobo – lo decía mientras forzaba el mentón de Paco-. Se trata de abrir un poco los ojos y mover los labios. No te equivoques ahora ni me hagas perder tiempo. Tras volver junto a la cámara y ordenar de nuevo “acción”, está vez pareció quedar satisfecho con la expresión de Paco. La cámara continuó rodando mientras el productor iba ordenando: -Tira de los dos elásticos del “jock” y juega con ellos… Bien. Ahora, ve bajándotelo muy lentamente… Eso, así despacio… Ahora, mueve el muslo derecho por encima del sofá y, poco a poco, ve echándote encima de Gustavo un instante, pero enderézate en seguida... Tras mandar parar la cámara de nuevo, el productor le indicó a Paco que se retrepara en el sofá y cerrase los ojos. A la nueva orden de “acción”, sintió que el otro muchacho le besaba reiteradamente en el cuello y después le lamía los pezones; en el primer momento, esa cálida humedad le pareció desconcertante, pero poco a poco consiguió frenar su impulso de rechazarla y escapar; minutos más tarde, decidió que esa caricia no era desagradable. -Pajéate un poco –oyó que le ordenaba el productor. Paco obedeció, pero el pene no. Oyó algunos murmullos que no consiguió entender, y a continuación sintió que el otro muchacho comenzaba a lamerle el pene. Carmi se resistía a hacer eso; las escasas veces que había conseguido convencerla, sólo lo hacía muy brevemente; parecía repugnarle. Ahora, se admiró por lo muy experta que aquella boca era. Abrió las piernas todo lo que pudo, trató de relajarse y se representó mentalmente las escenas más tórridas que había vivido con Carmi. Unos minutos más tarde, notó que conseguía la erección, seguida de exclamaciones de los que estaban junto a la cámara. El productor le dijo con tono de aprobación. -Muy bien, Paco. Estupendo. Mantén los ojos cerrados y deja que Gustavo lo haga todo. El joven continuó su experto trabajo unos minutos. Inesperadamente, Paco comenzó a sentir que podía eyacular y se puso a mover las caderas con impaciencia. Los demás se dieron cuenta; Paco sintió una mano enérgica que le abrazaba fuertemente el pene, casi dolorosamente, para impedir el orgasmo. -Aguanta -dijo el productor-. Gustavo, hazlo ahora. Paco, mantén los ojos cerrados. Tras una nueva orden de “acción”, Paco advirtió por el sonido que el tal Gustavo le enfundaba un condón y a continuación se sentaba sobre sus muslos. En seguida, notó que el chico trataba de introducirse su pene, pero al mismo tiempo tomó consciencia de que sentía sobre el vientre el peso de la erección de Gustavo. De inmediato, su pene se contrajo. -¡Joder! –exclamó el productor-. Y ahora, ¿qué? Paco abrió los ojos. Era evidente que no podía hacer eso. Tenía que irse en seguida, mientras escuchaba que el productor decía con tono muy rajado: -Eres como la mayoría de los heterosexuales; no se te empina con un tío y no eres capaz ni de penetrar; va a haber que acabar haciendo como con casi todos los que son como tú, penetrarte, que es para lo único que valéis. Paco se alarmó tanto, que hizo ademán de disponerse a saltar del sofá y huir. Pero sonó de inmediato la voz de su primo Joaquín preguntando al productor: -¿Puedo ponerme detrás del sofá y hablarle a Paco? Tras dudar un momento, el productor se encogió de hombros diciendo: -Bueno, a ver si consigues algo…; pero solamente esperaremos diez minutos más, que el tiempo aquí cuesta dinero. No creo que tu primo funcione, qué pérdida de tiempo. A ver qué puedes conseguir tú, pero habla lo más bajo que puedas. Venga, Gustavo, retoma la acción y tú, Paco, vuelve a cerrar los ojos. Acción. Paco consideró que nadie podía describir lo que le recorría el pecho. Ni él mismo podría. Repugnancia, anhelo de cumplir, náusea, deseo de no quedar en ridículo, temor a decepcionar a Joaquín y cierta forma de parálisis; todo ello se amalgamaba en su mente formando una especie de grito desesperado. Estaba seguro de que no podía esperar nada más que redondear el fracaso. Pero comenzó a oír la voz de Joaquín, que situado detrás del sofá, debía de haberse agachado en una posición cercana a su cabeza, desde la que le llegase clara su voz en tono muy suave: -Anda… Paco, folla; tú puedes. Siempre he sabido que eres el macho más macho y poderoso de la familia; no puedes fallar. Sé que no vas a fallar. Estoy seguro de que harás en la vida todo lo que te propongas, en cuanto te des cuenta de que la gente se detiene para verte pasar y caer a tus pies. Pues, claro que puedes. Todos estamos orgullosos de ti. Paco escuchaba solamente la voz de su primo; todos los demás sonidos del plató enmudecieron para sus oídos. Sintió que sus ingles se relajaban y que dejaban de pesarle tanto las piernas de Gustavo sobre sus muslos. Empezaba a desaparecer el miedo. -Siempre te he admirado –continuó Joaquín en el mismo tono acariciante y sugerente-. Y también te envidiaba. Eres todo lo que a cualquier tío de nuestra edad le gustaría ser. No es que te parezcas a Brad Pitt, pero seguramente eres el muchacho más atractivo del barrio… y de muchos kilómetros a la redonda. Y tú polla, bueno, tienes la polla más poderosa y atractiva que he visto nunca, y te confieso que he visto muchas. Nadie se quedaría indiferente viéndotela. Tú puedes, Paco. Eres poderoso… Efectivamente, la erección volvió. Paco ansió mentalmente que Joaquín no parase de hablar. Empezó a empujar las caderas y los glúteos con fuerza, al tiempo que escuchaba que Gustavo se ponía a gemir de manera mucho más estridente que Carmi, de modo que temió que podía desinflarse de nuevo, pero Joaquín continuó, ahora en un tono un poco más alto, como queriendo vencer el sonido de la voz de Gustavo: -Nadie pondrá en duda jamás lo muy macho que eres. Podrías cepillarte a media ciudad, y quedarte ganas de más, porque eres un volcán; ya de niño me daba cuenta. Ni puedes imaginar las veces que te adoré cuando todavía jugábamos juntos; ni te imaginas las veces que soñaba contigo y solamente éramos un par de muñequitos; pero entonces, ya era notable tu fuerza, tu pasión, tu poder… Llegaba. Sin darse cuenta, Paco fue acompasando progresivamente sus gemidos con los de Gustavo, de modo que éste anticipó lo que iba a ocurrir. Volvió la cabeza a medias, pidiendo permiso al productor, y este asintió. Se alzó unos centímetros para que Paco saliese de él y le desenfundó con rapidez el condón. De inmediato, se produjo el orgasmo más violento que Paco recordaba; al quedar libre el pene de la opresión elástica, las tres semanas largas de ayuno sexual a que Carmi lo había sometido se convirtieron en un violento géiser islandés, que brotó generoso produciendo un surtidor impresionante. -Magnífico –exclamó con admiración el productor. Paco volvió en busca de la ropa, acompañado de Joaquín. Se duchó lenta y minuciosamente, porque necesitaba liberar su piel no sabía bien de qué. Tuvo que apresurarse a vestirse, porque llamaron a la puerta anunciando que el productor esperaba para pagarle. Sin apartarse de Joaquín, Paco avanzó contento hacia la atiborrada mesa de despacho de la entrada. El productor contaba el dinero en efectivo, en billetes de cincuenta euros. -Voy a pagarte ahora –dijo-, porque viajo esta tarde por un par de días. Pero tienes que venir mañana a las diez, para dos tomas de exteriores y el comienzo de la escena; sólo vestido. Ese pantalón estará bien, pero te quedaría mejor una camiseta azul fuerte, muy apretada. Si no tienes, tendrás preparada una por la mañana. Mañana, pregunta por Alfredo. Toma. Puso el fajo en las manos de Paco, causándole una alegría de intensidad imprevista, pues volvía a tener dinero en el bolsillo después de mucho tiempo. -La semana que viene, tengo otra película para ti, si te interesa. Si quieres –siguió, dirigiéndose a Joaquín-, tú también puedes actuar en esa película Nunca había pensado Joaquín en que eso fuera posible. ¿Actuar en una película porno? No debería distraerse de los estudios, pues ya era un poco mayor porque había suspendido dos cursos. Además, no se sentía atractivo, al menos, en comparación con su primo. Con sorpresa, escuchó que este preguntaba: -¿Actuaríamos juntos los dos? El productor dudó un instante antes de asentir con la cabeza. -¿Y a él le pagaría lo mismo que a mí? -Supongo que sí, pero tendría que esforzarse. Paco le dio un codazo a Joaquín, al tiempo que amagaba una palmada en su culo.