lunes, 8 de mayo de 2017

Cuentos del amor viril. EL MINOTAURO Y AOPOLO

EL MINOTAURO Y APOLO
Ricardo leía con preocupación demasiadas noticias sobre “vigorexia”; las primeras le causaron gran alarma, preguntándose si padecería ese mal que muchos consideraban enfermedad. Porque a punto de cumplir cuarenta años, se le consideraba una especie de fenómeno de feria, casi un monstruo, al que todos miraban por la calle pese a sus esfuerzos por no llamar la atención. Medía un metro ochenta y cinco centímetros, pesaba ciento veintitrés kilos y le resultaba muy difícil encontrar ropa apropiada. No conocía a nadie que fuera más musculoso que él; en su cuerpo se le marcaban hasta los pensamientos, con hombros muy anchos, pectorales prominentes, nítida “pastilla de chocolate” en los abdominales, cintura estrecha para su corpulencia, profunda uve de las caderas bajo los oblicuos, muslos de toro y pantorrillas proporcionales. Pero no recordaba haber sido nunca el sujeto obsesionado de gimnasio que retrataban las noticias que alertaban sobre la vigorexia ni padecía la impotencia parcial o debilidad sexual sobre la que los médicos alertaban. Estaba seguro de que el sambenito les cuadraba mejor a unos cuantos de los jóvenes que trataba en el gimnasio, quienes no paraban de componer y estudiar sus posturas reflejadas en los grandes espejos. Él no lo hacía nunca; no sólo no sentía curiosidad, sino que imitando a los demás atletas mirando su reflejo se habría sonrojado sin remedio. Además, tales compañeros consumían en su mayoría las pastillas tan denostadas por los medios de información. Los vestuarios de los dos gimnasios que conocía en la ciudad funcionaban como centros en gran medida narcotraficantes. Ricardo había crecido hasta el final de la adolescencia en un duro bosque maderero, sometido a esfuerzos tremendos que ni siquiera le parecían nada especial en aquellos ambientes, donde todos, adultos y adolescentes, eran hombres firmes, enteros y bragados, muy forzudos, entre los que predominaban curiosas claves de sobreentendidos y disimulos; descubría con frecuencia a sus compañeros más jóvenes masturbándose cuando decían que iban a orinar, y sabía que él también era objeto de espionaje no demasiado discreto cuando iba a hacerlo, de manera que siempre que se excusaba para mear buscaba los rincones más escondidos y oscuros.
Se trataba de necesidades tan cotidianas y naturales como la comida, así que ninguno de ellos les daba importancia, porque les sobraba energía y cada árbol talado y transportado no representaba debilitamiento ni demasiado cansancio, sino aumento del vigor. A veces, sentía un poco de alarma, ya que casi todos los jóvenes y algunos de los maduros, se escondían al acecho de sus meadas que siempre resultaban masturbaciones; a despecho de la alarma, saberse vigilado no aminoraba su salacidad, sino que la aumentaba, y en tales ocasiones, que fueron convirtiéndose en habituales, sus eyaculaciones eran como surtidores de un jardín real y tan prolongadas, que el rubor se apoderaba no sólo de sus mejillas, sino de todos los rincones y anfractuosidades de un cuerpo que tenía demasiadas. Una de tales veces, observó maravillado que al caer al suelo, su semen no impregnaba la tierra sino que corría ladera abajo como un pequeño riachuelo. Se quedó inmóvil; algo muy raro estaba ocurriendo. Los espías habían desaparecido, una calima lechosa difuminaba la tierra, no veía tocones donde debía haberlos porque recordaba haber talado esos árboles y a pesar de la espesa neblina, distinguía claramente el riachuelo de semen que ya había alcanzado un repecho donde el suelo se hundía varios metros. Corrió hacia ese punto, incrédulo de que el chorro de su virilidad pudiera caer formando una pequeña cascada; con estupor, comprobó que sí ocurría y que el chorro blanquecino discurría en la dirección contraria a la ladera, hacia el interior de una pequeña cueva cuya existencia ignoraba. De un salto, salvó el repecho, yendo a caer ante roca desnuda cuyo centro lo ocupaba una entrada en arco, demasiado simétrico para ser natural. Notó que el interior no estaba completamente a oscuras, por lo que la curiosidad le empujó hacia el interior. En el primer momento, le parecieron mujeres por sus poses y actitudes, pero de inmediato se dio cuenta de que eran hombres de una belleza y perfección mágica, irreal, que rodeaban un pequeño estanque lechoso hasta el que su semen seguía discurriendo. No sintió miedo, sino expectación. Nada de lo que estaba viendo podía ser natural. Pero como si los hombres de la cueva pudieran adivinarle el pensamiento, uno volvió el rostro hacia él y, sonriente, le transmitió de modo extraño que todo era real, que tenían cuerpo carnal, que el baño de leche existía y que todos estaban esperándolo. Sin saber por qué y sin que nadie se lo ordenara, se desnudó y avanzó hacia el estanque, en cuyas orillas muchos de los hombres, tumbados boca abajo, estaban bebiendo como si se tratara de un abrevadero. Sonrió; que aquellos hombres bebieran su semen le hacía muy feliz. El que le había transmitido sin palabras el mensaje, led ofreció la mano y lo condujo hasta sumergirse en el estanque. A continuación, todos ellos lo rodearon envolviéndolo como un enjambre.
Entonces sintió que el orgasmo que acababa de experimentar renacía, y era mucho más absorbente y estremecedor. Notaba bocas y manos por todas partes, las pantorrillas, los pies, las rodillas, los muslos, el escroto, el vientre, el pene, los abdominales. Dos bocas e3ran dos ventosas formidables en sus pezones, de modo que las lenguas en sus orejas y su boca eran como tentáculos de un milagro luminoso y etéreo que actuaba en sus sentidos con materialidad enloquecedora. Cerró los ojos para defenderse de la demencia que sintió avanzar por su cerebro, porque nada de lo que estaba ocurriéndole podía soportarse. Abrió los ojos de nuevo, para notar con desagrado que los espías continuaban observándole, burlones por la duración del orgasmo, mal ocultos en sus escondites, y los tocones que él mismo había producido seguían visibles. Se preguntó si había soñado y tenido una alucinación, pero aunque no halló las respuesta, a partir de entonces, ansiaba que la visión se repitiera cada vez que se apartaba para una meada y la consecuente masturbación.
Cuando Ricardo se mudó a la ciudad y comenzó a ir al gimnasio, ya estaba sumamente desarrollado. Fue objeto de admiración pasmada de culturistas y objeto de atención en la playa casi desde el principio, pero nunca había pasado más de hora y media diaria en el gimnasio. Tampoco se contemplaba en el espejo y no sentía ningún descontento con su cuerpo. Más bien, le avergonzaba un poco, en determinadas circunstancias, la aparatosidad muscular que siempre le producía rubor; era consciente de su espectacularidad física más por los comentarios de los demás, por las convocatorias de concursos a los que no quería asistir, por las lisonjas de los compañeros del gimnasio y por la insistencia de los requerimientos amorosos, que por la complaciente auto contemplación, cosa que en ningún caso se le habría ocurrido hacer. Jamás había deseado de joven parecerse a ningún atleta ni a cualquier actor de cine o de televisión; siempre se había sentido muy conforme consigo mismo. Entrenaba sobre todo porque no se sentía bien sin esforzarse físicamente a diario, pues lo había hecho desde muy niño, y su trabajo de ayudante de un fotógrafo no le exigía fuerza ni sudores. Sin embargo, los compañeros del gimnasio, el monitor y la dueña, le proponían constantemente aprovecharse de su desarrollo para progresar laboralmente, con toda clase de sugerencias, desde modelaje hasta masajes y muchas ideas que sugerían un tipo embozado de prostitución. Sólo había aceptado en una ocasión seguir un cursillo gratis de monitor personal, a cambio de una gira de demostraciones, pero no tenía ocasión de adquirir compromisos para ejercerlo, porque su trabajo le satisfacía y no le sobraba el tiempo.
Vestía ropas ampulosas que no marcaban su cuerpo. No se le habría ocurrido la idea de comprar ropa que resaltasen nada ni pantalones que se ajustaran de verdad a su cintura, porque en tal caso le apretaban demasiado en los muslos y resaltaban vergonzosamente el volumen de sus genitales. Más bien, parecía por la calle un hombre excesivamente voluminoso, casi gordo, salvo por el cincelado rostro de modelado perfecto, de mejillas hundidas, arco ciliar dibujado como si estuviese maquillado y labios sumamente sugerentes. Se le marcaban por todas partes demasiadas prominencias con la ropa común, como para no sentir gran turbación mientras se desplazaba por la ciudad. Conseguía que no le mirasen excesivamente por la calle, pero lo de la playa era otro cantar. Por mucho que lo evitara y aunque usaba bañadores anchos y nada llamativos, se formaban con frecuencia corros de admiradores que le hacían muchas preguntas y eran bastantes las mujeres que acudían a darle conversación. Aunque casi siempre se excitaba sexualmente en tales casos, sentía tanta turbación que tenía que encogerse para disimular la prominencia; le intimidaban las miradas y las expresiones de admiración, de modo que, contra lo que la gente suponía, no abundaba el sexo a dúo en su vida.
Su trabajo en el estudio fotográfico consistía sobre todo en los preparativos, colocar y ajustar los reflectores, orientar las sombrillas de los flashes tal como se le iba indicando o preparar la decoración del plató si el trabajo lo exigía. A veces, excepcionalmente, el fotógrafo le pedía que mirase una toma por el visor, seguramente para reforzar su propia seguridad, porque a Ricardo no le parecía que su jefe respetase gran cosa su opinión. Un día, estaba decorando el set para la foto de un anuncio de calzoncillos, cuando el jefe le pidió: -Ricardo, ¿podrías quitarte la ropa y posar donde va a estar el modelo, para ir ajustando las luces y tenerlo todo dispuesto cuando lleguen? El modelo vendrá acompañado del creativo publicitario y la estilista. Querría tomar la foto cuanto antes, sin repeticiones ni interrupciones y evitando que me incordien demasiado con sugerencias y cambios, porque más tarde tenemos otro trabajo muy duro. No era la primera vez que Pancho se lo pedía, y Ricardo había dejado de resistirse, a pesar de que siempre se excitaba cuando lo miraban fijamente. Era un problema que no se había atrevido nunca a comentar con nadie que pudiera aclararle si se trataba de una reacción normal o demasiado extraordinaria, pero la realidad era que una simple mirada a su entrepierna causaba ese efecto, fuera cual fuese la situación o quién le mirase. En calzoncillos, permaneció casi diez minutos estático, en la postura que su jefe le indicó, esperando que ajustara la iluminación y el foco. Mediante la estratagema de divagar con la imaginación y recordar que Pancho le miraba tan sólo a través de la cámara, consiguió permanecer sin tener erección notoria. Pero, para su desconcierto, el modelo y sus acompañantes llegaron antes de tener tiempo de vestirse de nuevo, lo que produjo el endurecimiento instantáneo del pene. Notó el asombrado revuelo de las miradas de asombro y admiración, lo que hizo que se sintiera muy turbado, porque el pasmo notable y la fijeza de los ojos empeoraban la situación y hasta sintió que tenía que martirizarse para evitar un orgasmo.
Tomar la foto para un anuncio era un proceso lento y meticuloso; entre enjugar el sudor del modelo, retoques del maquillaje y correcciones de la ropa por parte de la estilista, podían emplear más de dos horas con un solo anuncio, para el que Pancho gastaba veinte o treinta placas. El modelo se despojó completamente de la ropa ante ellos, sin pedir un lugar reservado, y se ajustó el calzoncillo acariciándose reiteradamente los genitales, posiblemente para conseguir que resaltasen. Después de colocarse en el punto donde debía posar e ir corrigiendo la postura como Pancho le indicaba, Ricardo vio con fascinación que la estilista sobaba el calzoncillo por todos lados, estirando cuando observaba una arruga y hasta corrigiendo la posición del pene, si no le satisfacía la sombra que producía. A la tercera toma, Pancho lo llamó:
-Ricardo, ¿te importa mirar por el visor, mientras voy corrigiendo la posición del modelo, porque la quiero un poco diferente? Lo voy a posicionar tres cuartos de perfil, un poco virado hacia su izquierda. Pretendo que se aprecie bien la curva del pectoral izquierdo, que el pie derecho quede un poco retrasado y que su bulto no sobresalga de un modo tan exagerado que vayan a rechazar el trabajo. ¿Has comprendido? Ricardo asintió mientras se agachaba un poco hasta encontrar la postura donde conseguir ver adecuadamente por el visor. Entonces, pudo contemplar a fondo al modelo. Era el hombre más guapo que había visto nunca. Su cuerpo era fibroso aunque no le sobraba desarrollo muscular; resultaba más deseable que nadie que hubiera contemplado últimamente. Tuvo que tragar saliva. No quería que su impresión resultase notoria a causa de la erección que volvía a sentir llegar. Al terminar la sesión, todos tomaron un refresco. El hombre de la publicitaria daba a Pancho reiteradas indicaciones de lo que el anuncio necesitaba, mediante explicaciones prolijas e innecesarias a menos que pensara repetir la sesión; la estilista recogía sus bártulos de modo meticuloso.
El modelo se acercó a Ricardo: -Tienes un cuerpo espectacular. ¿Eres míster algo? -No, ¡Qué va! -Pues no tendrías competencia. ¿Eres profesional del culturismo? -No. -Me llamo Ernesto. ¿Cómo te llamas tú? -Ricardo. -¿A qué gimnasio vas, Ricardo? Ricardo le dijo el nombre del local, muy conocido en la ciudad. -¿Tienes entrenador personal allí? -No, qué va. Tampoco es que me sobre el tiempo. Yo sí que hice un curso de entrenador personal. -¿De verdad? ¿Crees que serías capaz de entrenarme para mejorar? -No lo necesitas. Tienes buen cuerpo. -A tu lado, soy un alfeñique. -No, de verdad que no. Tienes unas proporciones muy buenas y no creo que necesites más para este trabajo. -El trabajo de modelo es sólo una ayudita. Yo tengo un taller mecánico de coches que no va mal. Me encantaría aproximarme, aunque fuera sólo un poco, a un cuerpo parecido al tuyo, pero creo que sería imposible. Si no eres muy caro, me gustaría que me entrenaras. -No sé si soy caro o barato. Nunca entrené a nadie. -¿Hay algo que te lo impida? -No; es que no me lo había planteado. -Yo podría pagarte bien, al menos durante dos o tres meses. A lo mejor es suficiente para ponerme en camino. -Tendrías que ajustarte a mi horario. Yo voy al gimnasio sobre las ocho y media de la tarde. -De acuerdo.
Comenzaron pocos días más tarde. Resultó patente desde el principio el éxito amoroso que Ernesto gozaba, lo que a Ricardo le causaba una desazón que trataba de reprimir y disimular. Llegaba con frecuencia acompañado de muchachas muy espectaculares, que se despedían con reticencia y lo emplazaban para encontrarse más tarde. Ricardo sentía la curiosidad de saber si alguna de ellas era su novia, pero temía ponerse en evidencia y le parecía indiscreto preguntarlo; porque, además, le daba la impresión de que Ernesto fuera un mujeriego picaflor. Cuando terminaban la sesión de entrenamiento, Ricardo remoloneaba un rato entrenando bíceps o sentadillas, a fin de no coincidir en las duchas con el modelo. Pero un par de semanas después de haber comenzado, Ernesto se entretuvo al terminar y acompañó a Ricardo a las duchas cuando éste halló que se le hacía tarde. Antes de desnudarse, esperó a que Ernesto estuviera bajo la ducha, a ver si así evitaba mostrarse demasiado. Siempre sentía la necesidad de esconder el pene además de toda su musculatura, porque todos lo miraban mucho. En cuanto se situó bajo la alcachofa de la ducha, Ernesto exclamó. -¡Joder, Ricardo! Vaya manguera.
El rubor de Ricardo fue inmediato. Irremediablemente, el comentario y la mirada iban a producirle una erección. Cuando empezó a ocurrir, Ernesto le sopesó el pene con la palma de su mano derecha. -No te quejarás, bandido. Seguro que follas a granel. La erección era ya completa. Ricardo abrevió el baño. Salió de la ducha colectiva en cuanto pudo enjuagarse y se secó y vistió apresuradamente. Vio a Ernesto secarse y vestirse parsimoniosamente, sin dar la menor impresión de sentirse turbado ni incómodo. Ricardo estaba convulsionado entre escalofríos; tenía que reprimirse casi dolorosamente para no hacer lo que el cuerpo le exigía y todos sus sentidos anhelaban. ¿Qué iba a hacer esa noche? Aparentemente sin pretenderlo, Ernesto había puesto en marcha un mecanismo que no iba a poder detener en mucho rato. No solía repetir, porque no era demasiado exigente. Sus deseos no eran complicados ni sobraba morbosidad en su imaginación. Pero esa noche se masturbó cuatro veces. Al día siguiente, Ernesto acudió al gimnasio con una compañía más numerosa que de ordinario, incluyendo a la estilista que le había asistido en la sesión de fotos donde se habían conocido. Con alarma, Ricardo notó que la mujer, de unos treinta y cinco años, se le acercaba dispuesta a hablar con él. -¿Has pensado en posar? -¿Qué? No comprendo –repuso Ricardo con desconcierto. -Con frecuencia, salen fotos o filmaciones que necesitarían hombres con un cuerpo como el tuyo. Si tienes alguna foto, podrías dármela para estar pendiente de las posibilidades que surjan. Si no tienes fotos, puedes pedirle a tu jefe que te las hagas; si hubiera que pagarle, yo lo pagaría. -¿Habla usted en serio? -No me trates de usted, chico. Me llamo Gisela. Hablo muy en serio. Hace poco, necesité un cuerpo como el tuyo… bueno, a lo mejor no tan espectacular, y tuvimos que salir del paso con alguien muy inferior. Esa noche, Ricardo recolectó las fotos que tenía en bañador o ropa de gimnasio, y las preparó para dárselas a Ernesto al día siguiente, para que se las diera a la estilista. -Puedes follártela cuando te dé la gana –dijo el modelo confidencialmente-. Le conté de tu polla y se muere por vértela, como todas las tías que vinieron anoche conmigo. -¡Qué vergüenza! ¿Por qué le hablas a nadie de mi pene? -¿Por qué no? Tienes una polla fantástica; eres un fenómeno.
Ricardo vestía un pantaloncito elástico, que no podría ocultar su erección ni aunque tomara asiento en una banqueta. Se apresuró para ir al aseo. Otra vez, debió masturbarse más de una vez, a pesar de sentirse angustiado por el temor a ser sorprendido. Pocos días más tarde, Gisela le llamó al estudio fotográfico de Nacho. -Voy a trabajar en un spot sobre viajes al Caribe. Me han pedido un modelo guapo y musculoso, y he pesando en ti. Las fotos que me mandaste con Ernesto no son muy expresivas. ¿Puedes venir esta noche a mi casa, para que te tome varias polaroid? Ponte el calzoncillo más sexi que tengas. Al terminar la sesión del gimnasio, Ernesto se empeñó en acompañarlo. En el asiento de copiloto del coche del modelo, aunque ni se rozaban sus piernas, la erección de Ricardo fue permanente y hubo muchos momentos en los que sintió que podía experimentar un orgasmo a causa de expresiones amables del modelo y sus ademanes de intimidad. Gisela les abrió la puerta embutida en una bata de satén amarillo pálido, muy favorecedora. Parecía más guapa. -Ernesto, ¿no me contaste que ibas a salir esta noche con Marisa? Comprendiendo la indirecta, el modelo se despidió. No esperó Gisela más que unos cinco minutos para dejar caer la bata y, desnuda, echarse como un alud sobre el sofá donde Ricardo estaba sentado. Este hizo lo que pudo, aunque con poco entusiasmo; pese a lo cual asistió con estupor a la cascada de convulsiones de la estilista. Cuando se dispuso a marcharse, Gisela tenía expresión de alucinación. -Espera, tengo que hacer las polaroid. Al despedirlo, la estilita le dijo a Ricardo que sabría si le contrataban para el spot del Caribe dentro de unas dos semanas. Desconocedor de las claves y nociones del ambiente publicitario, Ricardo se sintió incapaz de calcular si le estaría mintiendo y sólo sería un pretexto para el sexo. Si se trataba de eso, ya lo había tenido. Por lo tanto, olvidó el caso en pocos días. -Tienes que salir conmigo una noche de estas –le dijo Ernesto una semana más tarde. -Te aburrirías. Yo soy un tipo sencillo y nada apasionante. -Contigo, me lo paso fenomenal. Mientras trabajo en el taller por la tarde, cuando se aproxima la hora de venir a entrenar, me muero de impaciencia. Me gustas mucho. Ricardo calló unos minutos.
-¿De verdad? –le preguntó más tarde. -De verdad… ¿qué? -Que te gusto. -Oh, claro. Eres un tío fantástico. -Pero… estás muy solicitado por las muchachas. No necesitas ir por ahí con un incordio como yo, que te sirva de anzuelo para ligar. Ernesto lo miró fijamente una larga pausa, durante la que parecía meditar. -Escucha, tío. No eres un incordio. Me encantaría correrme juergas contigo y, si se presentara la ocasión, que nos follásemos a una al mismo tiempo. Rojo y acalorado, Ricardo no podía responder. No se sentía capaz de hacer algo así sin incurrir en alguna inconveniencia. Nunca podría compartir la pasión de una mujer con ese chico que tanto le perturbaba en demasiadas ocasiones. Seguro que se le escaparían las manos. -Mira, Ricardo. Si te ha desconcertado lo que te he dicho de sexo bi, discúlpame, Hace tiempo que sé que eres un fulano poco común, más bien demasiado… moral. Uno tiene que hacer malabares para hablarte sin escandalizarte. Pero te prometo que me encantaría que salgamos cualquier día de fiesta, aunque no hagamos eso que he dicho. ¿Qué tal el viernes? -No es que sea demasiado moral… como dices. Yo no tengo ningún remilgo. Pero solamente soy un campesino, y siempre he sido muy tímido. Si quieres que salga contigo el viernes… -No se trata de que salgas conmigo, sino de que salgamos juntos. Te espero el viernes en mi casa a las diez de la noche, aunque ya hablaremos de nuevo. Pero mejor que demos la cita por cerrada desde ahora mismo, ¿vale? -Creo que te arrepentirás; soy un tío tímido, apocado y me salen los colores a todas horas. -Pues haces mal. Con todos tus atributos… todos tus atributos, ya sabes lo que quiero decir… ganarías barbaridades aprovechándote de todo lo tuyo. Si no has decidido a estas alturas sacar partido de tu cuerpo, será porque tienes muchos prejuicios, prejuicios que yo creo que debo ayudarte a superar. Lo mismo que tú me entrenas en lo físico, a mí me gustaría entrenarte en todo lo demás, a ver si consiguiera que dejes de ser tan tímido. Tal vez logre que te des cuenta de lo mucho que tienes que ganar, antes de que sea demasiado tarde. Empezaremos las lecciones el viernes.
Ricardo dedicó el siguiente viernes un buen rato a decidir qué ponerse. Ernesto vestía siempre de un modo perfecto, espectacular. No quería desentonar, pero tampoco parecer ridículo. Yendo con él, no le desconcertaría tanto que lo mirasen. Eligió una camiseta azul ajustada, con la que solían contemplarle demasiado, y un pantalón vaquero negro claveteado, tratando de que sus genitales no abultasen ostensiblemente. Cuando Ernesto le abrió, lanzó un silbido y sonrió complacido. -Estás perfecto; esta noche, me toca aprovecharme de ti y ligaré a granel por tu influencia. Pero no ocurrió. Aunque no pararon de revolotear las muchachas y las no tan jóvenes a su alrededor, a las cuatro de la madrugada se marcharon solos de la última de las discotecas que Ernesto propuso. Un poco en busca de desenvoltura, Ricardo había bebido mucho más de lo se creía capaz de asimilar. -Estoy un poco mareado –dijo en el coche en el que Ernesto le llevaba a su domicilio. -Quédate conmigo esta noche. Yo te cuidaré. Hay sitio en mi apartamento. -Parece muy pequeño. -Bueno, es verdad. Es solamente un estudio. Pero además de mi cama hay un sofá cama grande y cómodo. No te preocupes más. -Tengo que hacerte una pregunta… -Larga, Ricardo. No te cortes. -¿Eres gay? Ernesto rió a carcajadas. -Pregunta por ahí. Tengo fama de ser un donjuán irremediable. Ricardo no se dio cuenta de que la respuesta podía ser elusiva. Llegados al apartamento, Ernesto entró en el baño, mientras Ricardo se desnudaba. Cuando se cruzó con el modelo camino del baño, Ernesto dijo: -Pareces el minotauro. -¿El qué? -El minotauro es un mito griego. ¿No has oído hablar del laberinto? -Sé lo que es un laberinto, pero no sé nada de ese tauro del que hablas. -La palabra laberinto viene del mito. Lo que contaban los griegos es que el dios Poseidón regaló al rey de Creta un hermoso toro blanco para que lo sacrificara a fin de conservar la corona, pero al rey Minos le maravilló el animal, de manera que mandó sacrificar un toro cualquiera y guardó el que el dios del mar le había regalado. Poseidón se dio cuenta y, cabreadísimo, se vengó inspirando a una tal Parsifae un deseo tan raro, que ella se enamoró del toro blanco. Para poder joder con él, Parsifae pidió a un artista que se llamaba Dédalo que esculpiera una vaca de madera, dentro de la cual se metió ella y así consiguió ser poseída por el toro. Pero ocurrió lo más inesperado. Nació un niño con cabeza de ternero y cuerpo humano que, al crecer, se convirtió en un ser muy poderoso. El mito lo considera un monstruo, pero era un ser formidable; aunque su cabeza era de toro, su cuerpo era el más musculoso y fuerte cuerpo humano. Picasso se enamoró del personaje y le dedicó toda una serie de grabados estupendos. Pero para los griegos no cretenses era un verdadero monstruo, porque por alguna venganza que el mito no explica del todo, Minotauro exigía la entrega de siete muchachos y siete muchachas atenienses, porque comía carne humana. Se volvió tan salvaje y poderoso, que Dédalo construyó un laberinto complicadísimo donde encerrarlo de modo que no pudiera encontrar la salida. Muchos años después, Minotauro fue vencido por un joven ateniense llamado Teseo, enviado como sacrificio, al que ayudó una princesa llamada Ariadna… pero esa es otra historia. Verte así, casi desnudo y con ese paquetón tan extraordinario, me hace pensar en Minotauro. Ricardo cerró la puerta del baño con pestillo. Tenía que masturbarse.
Salir juntos los viernes se convirtió en una costumbre. Ricardo no caía en la cuenta de que las lecciones de Ernesto daban resultado e iba volviéndose más espontáneo. Sí advirtió que se había creado un círculo de conocidos y admiradoras que lo festejaban mucho cuando llegaba a cada uno de los locales que a Ernesto le gustaba frecuentar. No era raro que después se quedara a dormir en el apartamento del modelo, aunque no sintiera mareo. Habían pasado cinco o seis semanas desde la primera salida en conjunto, cuando de nuevo Ricardo se vio obligado a abusar un poco del alcohol, abrumado por las insistentes invitaciones. En cuanto llegaron al apartamento, Ricardo se desnudó y cayó en el sofá cama ya preparado, despatarrado y deseando dormir. Boca abajo, notó que Ernesto dudaba, como si quisiera hablar y no se decidiera por si dormía. -¿Ocurre algo, Ernesto? -Para serte franco, me excita verte así, tan despatarrado. -¿Te excita? -Bueno, no es que te desee sexualmente. Es que, como eres tan especial, tan particular… a veces me perturba un poco mirarte. La verdad es que no sé lo que me pasa, si es que me pasa algo. La declaración desveló a Ricardo. Se volvió boca arriba, sin temor a que su poderosa erección fuera notable. Dijo muy bajo: -Estuve buscando en internet mitos griegos para leer sobre el tal Minotauro, y me encontré con uno que me recordaba a ti. Se llama Apolo. -¡De veras! ¿Te recuerdo a Apolo, por qué? -El mito dice que era un hombre muy guapo, y tú eres el hombre más guapo que conozco. -¡Qué va! Tú eres mucho más atractivo que yo. -Puede que yo sea atractivo… para alguna gente. Pero guapo, lo que se dice guapo como tú, ni comparación. -Me acabo de ruborizar, Ricardo. Ojalá pudiera compararme físicamente contigo. -Has progresado mucho desde que entrenas. Me contrataste para dos meses, y ya llevamos casi cuatro. Tu musculatura ha aumentado bastante y se ha reforzado una barbaridad. -Pero mira mi brazo y mis muslos –Ernesto se acercó para rodear el bíceps de Ricardo con las dos manos-. Es curioso; he mirado revistas de culturistas en el gimnasio, y hay tíos con brazos tan poderosos como los tuyos, pero algo deformes. Los tuyos son perfectos y… los muslos son… yo qué sé. Son enormes y mira qué piernas más estéticas tienes. Ni te imaginas lo que comentan todas y todos los que vamos conociendo por ahí. Y además, lo de tu paquetón es un prodigio, porque mira, tan grande y, a pesar de la abundancia de sangre que hará falta, parece que estuviera más duro que la pata de la mesa. Involuntariamente, Ricardo se tocó. Incontenible, el glande asomaba unos centímetros por encima del elástico del calzoncillo. -Voy a mear –dijo.
Mientras lo hacía, evocó buena parte de su biografía. El bosque, donde todos los muchachos eran fuertes y él no parecía especial. Las sierras que necesitaban tanto esfuerzo y ya habían sido sustituidas por sierras mecánicas. Las veces que había arrastrado grandes troncos montaña abajo, cosa que muy pocos de sus compañeros conseguían hacer. Las lisonjas a su físico habían empezado en plena adolescencia, sobre todo en el pueblo más cercano, pero no se habían convertido en clamorosas hasta después de vivir en la ciudad. Sentía que había desaprovechado muchas oportunidades de practicar sexo, tanto con hombres como con mujeres, pero reconocía que no se había dado cuenta en su momento. Nunca había detectado en tantos años las alusiones veladas, hasta los últimos dos meses por la influencia y las enseñanzas de Ernesto, y ya estaba punto de cumplir cuarenta años. Ernesto había obrado el milagro; precisamente él, que lo hubiera tenido de habérselo propuesto
La erección se estaba convirtiendo en demasiado poderosa como para conseguir orinar. El durísimo pene apuntaba a la vertical y ni siquiera conseguía forzarlo hacia el inodoro. Con cuidado de no hacer ruido, comenzó a masturbarse suavemente, para conseguir aflojarlo y poder orinar.
No tenía que hacer gran esfuerzo de imaginación ni pensar en nadie en concreto. Su cuerpo funcionaba como un mecanismo automático. Seguramente, las erecciones eran el desfogue de la exuberancia de su vitalidad y magnífica alimentación. Ocurrían constantemente, en todas las situaciones, incluyendo el tiempo que pasaba esforzándose en el gimnasio, lo que solía disimular encogiéndose en un banco, modificando la rutina que ejecutara en ese momento, a fin de enmascarar el bulto. Solamente tenía que realizar algún esfuerzo a causa del tamaño, que dificultaba la inmediatez del orgasmo. Ahora, comenzaba a sudar. Como todo atleta, sudaba copiosamente; estaba esforzándose mucho, con impaciencia y preocupado por la posibilidad de hacer algún ruido que alertara a Ernesto, porque, además, solía jadear durante los orgasmos.
Apretó fuertemente los párpados, impulsando las caderas hacia adelante. Iba a llegar, por lo que se preparó para apretar los labios con objeto de que no sonaran sus gemidos. En ese momento, sintió que una mano abrazaba su pene y lo agitaba con rapidez, aunque delicadamente. Era la mano de Ernesto. En cuanto abrió los ojos para mirarlo, llegó el orgasmo. A pesar de las sacudidas y los chorros que caían en el inodoro, Ernesto prosiguió. A Ricardo le pareció que no encontraría inoportuno que le diera un beso en los labios.