miércoles, 21 de marzo de 2018

SOLDADOS SALACES Luis Melero

Soldados salaces CUENTOS DEL AMOR VIRIL
Tenía que hacer la mili cuanto antes, porque su padrino le había jurado que en cuanto se licenciase lo invitaría a visitar San Francisco. Por otro lado, temía que su salud pudiera resentirse irremediablemente, si no adoptaba alguna resolución valiente y continuaba adelante con lo que hacía a todas horas. El padrino de Lorenzo, Andrés, contaba solamente dieciséis años más que él y aparentaba casi su misma edad. Andrés solía cruzar el charco cada dos años, siempre en Navidad, pero el verano anterior había sentido la necesidad de un veraneo en familia, y pasó casi dos meses con ellos, todo julio y la mayor parte de agosto. Lorenzo contaba ya diecisiete años y Andrés, treinta y tres. Cuando sus padres fueron a esperarlo en el aeropuerto, Lorenzo aceptó ir con ellos de muy mala gana; no reflexionaba acerca de sus frecuentes malhumores ni se preguntaba qué los causaba. Sentía angustia constante, sin conseguir ni intentar explicarse la razón; pero ante sus padres, y principalmente ante su padre, esa angustia se trufaba con miedo y una especie de vértigo, un vacío y una náusea, junto al terror a ser cogido en falta aunque no estuviera haciendo nada, ni malo ni bueno. Sencillamente, nada; y sin embargo temía a todas horas que una amenazante avalancha de barro se le echase encima. Pero cuando Andrés salió de la recogida de equipajes y el joven lo reconoció porque sus padres lo saludaron con muchos aspavientos, Lorenzo experimentó una convulsión y como si algo grandioso le estallara en el pecho, llenándolo de estrella de colores. Jamás había visto un hombre parecido. Cuando su madre le ordenó que lo besara, sintió el alma en vilo y su miedo se redobló. La cena de esa noche representó un tormento para el muchacho. Le había tocado sentarse frente a su padrino, pero no quería mirarlo. Forzaba la cabeza a izquierda y derecha, hacia su padre o cualquiera de sus cinco hermanos para evitar mirar al frente, pero el centro de la reunión era el invitado recién llegado de los Estados Unidos. La conversación pivotó sobre los relatos de Andrés y las preguntas que todos le hacían, excepto Lorenzo. En silencio, el joven admiraba el modo de accionar la boca Andrés al comer. Sus movimientos al manejar el cuchillo y el tenedor exhibían unas manos fuertes, morenas, algo velludas, y cuidadas como para tomar una fotografía. Ansiaba que la comida acabase y poder retirarse a dormir, porque sentía ganas de llorar y carecía de pretexto; como dormía en litera en un dormitorio ocupado también por sus dos hermanos varones, menores que él, ni siquiera podría llorar a solas como deseaba, para no tener que responder a los chicos. Tendría que disimular para que no le hiciesen preguntas inconvenientes, cuando ni él mismo sabría las respuestas.
Uno de los días familiares en la playa representó el mayor número de horas en tensión que Lorenzo recordaba, porque no vio pasar a ningún conocido ni encontró otro pretexto para apartarse del grupo, como había hecho ya muchas veces. Su tío-padrino poseía un espectacular cuerpo de gimnasio, con pectorales y abdominales sumamente definidos; hombros redondeados y anchos como en las esculturas de faraones, cintura propia de escultura de un adolescente griego; sus glúteos eran esféricos, apetitosos y prominentes, como si desafiaran la gravedad, y nunca había visto Lorenzo unas piernas de hombre mejor formadas, con gemelos redondos muy equilibrados, cuádriceps marcados como si fuesen de piedra, abductor y recto interno dibujados como en los grabados de anatomía de Leonardo, y los dos supinadores más simétricos que había contemplado nunca; sólo las cubría vello casi rubio, como una especie de malla dorada que en vez de oscurecer las extremidades las embellecía. Las piernas fuertes y hermosas lo ponían cachondo, solía mirar a hurtadillas en el gimnasio a los compañeros más desarrollados y nunca llegaban sus piernas a parecerle tan completamente deseables. Andrés era deseable no sólo por sus piernas y el notable abultamiento del bañador; poseía una piel alabastrina bronceada sin exceso; el no muy denso cordón de vello que le bajaba desde los pectorales, por entre los abdominales hasta el ombligo y que se perdía en el medio exhibido vello público, era una especie de cordón de oro; lo de la espalda era sorprendente, cualquier escuela de anatomía contrataría a Andrés como modelo, porque se podían reconocer todos sus músculos. Las piernas de su padrino eran como dos columnas salomónicas consagradas en una iglesia de postín. Todo el cuerpo de su padrino era perturbador, porque nadie, ni un heterosexual recalcitrante, dejaría de contemplarlo, y de hecho era lo que estaba sucediendo; todo el mundo miraba a Andrés, hombres y mujeres; probablemente, se preguntarían si era el modelo de un famoso perfume de hombres de la televisión. Durante el día de playa, tuvo que desviar muchas veces la mirada, temeroso de que su padre se diera cuenta de lo que contemplaba con tanto arrobo. Cuando notaba que sus padres le observaban, movía violentamente los ojos en derredor, sin acabar de reconocer nada, o los cerraba. Y para colmo, cada vez que Andrés volvía de darse un chapuzón su breve bañador de licra era como si desapareciera; los genitales brotaban turgentes y claros como si estuviera desnudo, penduleando al andar. Lorenzo pasó entre erecciones la mayor parte del día; tenía que echarse bocabajo en la arena, apretar los párpados y pensar en cosas desagradables cada vez que notaba que podía eyacular si no dejaba de contemplar a su tío. Para colmo de males, le tocó sentarse junto a Andrés en el atestado coche de su padre. Las caderas y piernas tan apretujadas impulsaron que Lorenzo eyaculase tres veces en el trayecto de la playa a su casa, no demasiado largo; tras el primer orgasmo, aterrorizado por la posibilidad de que alguien descubriera la mancha en su pantalón corto y lo comentara, tuvo que forzar la cintura para alcanzar una de las toallas que iban enrolladas detrás, y echársela sobre el regazo. Cuando llegaron a casa a última hora de la tarde, el padre propuso: -Andrés, ¿por qué no sales esta noche por ahí con mi hijo mayor, y lo aleccionas de lo que ya debería saber un hombre a su edad? Lorenzo sintió nueva convulsión. ¿Cómo resistiría pasar varias horas de fiesta con su tío, sin descubrirse? Notó que Andrés asentía mientras preguntaba: -¿Cómo haremos para no despertaros si volvemos tarde? -Bueno, cuñado, tampoco hace falta que volváis tan tarde. Pero si vemos que os retrasáis, no te preocupes; tu hermana preparará un colchón junto a tu cama, para Lorenzo, con objeto de que no despierte a los niños. Así comenzó la noche más gloriosa junto a su tío que Lorenzo recordaba, mientras esperaba turno para inscribirse en el ejército como recluta voluntario. Había contado hasta ciento cincuenta pero ya había perdido la cuenta de las veces que se masturbaba en homenaje de Andrés; a veces, mirando sus fotos, sobre todo las de la playa, pero ni siquiera le hacía falta ese estímulo. Con sólo pensar en él tenía erecciones constantes. Una de sus cartas hizo que se masturbara cuatro veces durante una tarde-noche. El recuerdo vivo de Andrés, las ensoñaciones de cada noche y sus innumerables eyaculaciones habían producido un efecto al que no daba importancia, pero que los demás notaban. -Parece que el Lorenzo se ha tranquilizado un poco –dijo una día su padre a su madre-, desde que tu hermano se lo llevó por ahí de fiesta. Ya no estalla tanto, se le ve más sereno. Seguro que el Andrés lo llevó de putas. Aquel día de dos meses y medio antes, tras volver de la playa, pasó más de una hora en el baño tratando de mejorar su aspecto todo lo posible; sus cejas se habían vuelto muy pobladas y casi cejijuntas, por lo que usó la pinza de su hermana mayor para eliminar algunos pelillos de esa zona. No padecía exactamente una erupción de acné, pero tenía algunos barritos. Fue extrayéndolos y refrescándolos con colonia. Después de todo eso, cuando se convenció de que ya no tenía más arreglo, pasó otra media hora tratando de decidirse entre dos pantalones y tres camisas. Cuando le pareció que había elegido lo más armónico, salió al salón; Andrés ya estaba listo. No debía tener dificultades ni pensar mucho para disponerse a salir. Cualquier cosa que se echara encima sería como el traje de luces del mejor de los toreros. Andrés había alquilado un Chrysler blanco que a Lorenzo le parecía lo más lujoso que nadie podía conducir. Lorenzo se acomodó en el asiento del copiloto con el cuello rígido, dispuesto a no mirar hacia su padrino ni una vez; estaba seguro de que sus ojos resbalarían hasta la entrepierna, que ya en el salón había notado que se abultaba de un modo muy obvio.
-¿A qué clase de sitio quieres ir? Lorenzo se encogió de hombros. -Donde tú quieras. Andrés sonrió. -Soy mucho mayor que tú. Dudo que te gusten las mismas cosas que a mí. -No eres tan mayor; la gente creería que eres mi hermano. Vamos a donde más te guste, que seguro que también me gustará a mí. Andrés sonrió de un modo algo enigmático. Venía tanto de visita, que conocía sobradamente la vida nocturna de la ciudad. Decidió elegir un pub musical del que hablaban mucho últimamente. Mientras entraban, Lorenzo pensó en las muchas veces que había tenido deseos de visitar el local, sin decidirse. Temía la fama del lugar, del que se hablaba como el sitio donde mejor se podía ligar chicas o chicos; la gente más guapa y mejor vestida de la ciudad se daba cita allí. Andrés no podía desentonar ni en un palacio real, pero él tendría que procurar resultar lo menos visible que pudiera. Por ello, se acomodó en un sofá, casi pegado a su tío. -Será mejor que no te pegues tanto a mí, Lorenzo. Ligarás mucho más y mejor si no te relacionan con alguien tan viejo como yo. Lorenzo levantó la barbilla, como contradiciéndolo, y siguió firmemente pegado al cálido y deseable cuerpo de Andrés, con el que su corazón deseaba fundirse. Apenas hablaron, Andrés permitió a Lorenzo tomar sólo un cubalibre mientras él saboreaba varios bourbon. Ni siquiera se levantaron a bailar. Aun así, pasaba de la una y treinta de la madrugada cuando volvieron a casa. -Ya están durmiendo todos –dijo Lorenzo en seguida, apresurándose para que su tío no propusiera otra cosa-. Tengo que irme contigo a tu cuarto. -Bueno. Pero no me reproches si ronco. -¿Roncas? -No lo sé. Nunca se ha quejado nadie. Lorenzo no se atrevió a espiar a su padrino mientras se acostaba; era verano, por lo que supuso que se cubriría apenas con un slip o… con nada. La idea de que podía estar desnudo le hizo poner rígido el cuello para no torcerlo a mirar. Sintió una erección inmediatamente. Pasaron pocos minutos antes de oír acompasada la respiración de su tío. Se había dormido de modo fulminante, probablemente ayudado por el bourbon, pero intuía que a él le costaría mucho dormirse. Después de mucho rato, cayó en una especie de duermevela; no era capaz de calcular el tiempo que llevaba dando vueltas en el colchón cuando notó que su tío se sentaba en el borde de la cama y le preguntaba en susurros: -¿Tienes algún problema, Lorenzo? Estás suspirando como si te doliera algo. -¿Sí? No sé. No me duele nada –respondió Lorenzo mientras cruzaba las piernas en posición muy forzada, para esconder su erección, aunque permanecían a oscuras. -Pues me han despertado tus gemidos. ¿Seguro que no tienes un problema? En la adolescencia, creemos que el mundo se hunde y que todo escapa a nuestro control. -No me pasa nada –insistió Lorenzo, pero sin saber por qué, se le escapó un sollozo. Andrés se arrodilló en su colchón inmediatamente. Sus rodillas rozaban la cadera izquierda de Lorenzo. -¿Qué te hace llorar? –preguntó Andrés, solícito, mientras palpaba con la derecha buscando las mejillas de su sobrino, para asegurarse de que no estaban húmedas. Pero sí, notó lágrimas. -¿Qué te pasa, cojones? -No lo sé. ¿Puedo dormir contigo en la cama? Asombrado de su osadía, Lorenzo se dejó alzar por los nervudos brazos de su tío, que le ayudó a tientas a acomodarse en la cama. El joven le dio la espalda de inmediato, para disimular la erección. Curiosamente, ahora sí que se quedó dormido en pocos minutos. Pero la cama no era completamente doble. Se trataba de un colchón de ciento treinta y cinco centímetros, ancha para uno pero no para dos personas que no fueran pareja. Lorenzo despertó en el momento que le fulminaba el orgasmo más intenso y prolongado que recordaba. Advirtió con alarma que estaba pegado como una lapa a su tío vuelto de espaldas, le había pasado el brazo por la cintura y acariciaba su pecho levemente velludo. No se atrevió a moverse ni a retirar el brazo. Como el orgasmo le había despertado, suponía que se habría agitado y hasta podía haber ronroneado; pero la respiración acompasada de Andrés revelaba un sueño profundo, que no se había interrumpido, aparentemente.
Las semanas siguientes, Lorenzo notó a su tío un poco esquivo, como si tratara de eludirlo. No sabía si sería invento de su paranoia adolescente o si Andrés se había enterado de su orgasmo y disimulaba. Le hizo muy feliz cuando le entregó una tarjeta, al despedirse para seguir viaje a París. -Aquí tienes mi dirección, por si te apetece escribirme. Lo hizo semanalmente, cartas que Andrés no respondía casi nunca. Cualquiera hubiera juzgado que Lorenzo escribía cartas de amor: “me acuerdo de ti a todas horas, muchas noches sueño contigo, tengo tantas ganas de abrazarte, es desesperante lo lento que pasa el tiempo”; pero Lorenzo no se daba cuenta y Andrés denotaba no darse por enterado. Sin embargo, respondió de inmediato cuando Lorenzo le expresó su deseo de pasar una temporada con él en San Francisco. La carta decía en el último párrafo:
“Con tu edad, no sería buena idea que hagas un viaje tan largo sin haber cumplido la mili. No vas a cruzar medio mundo para estar aquí sólo un mes o dos. Puedes venir todo un año, si quieres, pero una vez que te licencies de la mili, por lo que pueda prolongarse la visita, que nunca se sabe” A Lorenzo le faltó tiempo para ir al cuartel a preguntar. Le informaron de que tendría que servir en el ejército un tiempo seis meses más largo del que serviría a los veintiún años, pero la ventaja era que se licenciaría antes de cumplir veinte. El primero de noviembre formó por primera vez en un pelotón del cuartel, que estaba sólo a un par de kilómetros de casa de sus padres y había podido elegirlo por ser voluntario. No tenía ojos para mirar a nadie, su pensamiento estaba lleno de Andrés, de manera que se sobresaltó cuando rompieron filas y un soldado de su edad se le acercó, diciéndole: -Soy de Melilla. ¿Tú eres de por aquí? Lorenzo no recordaba haber visto nunca un chico más guapo. En seguida apareció Andrés en su mente; el muchacho era hermoso de una manera distinta, más agreste aunque no más viril. En cuanto a virilidad, eran muy semejantes; notó de nuevo el magnetismo de alguien que no era su tío. Tuvo que hacer un esfuerzo para recomponerse, mientras respondía: -Sí. -Vaya, estaba loco por hacerme amigo de alguien que me enseñe la ciudad, sobre todo la vida nocturna y tal. -Bueno. La verdad es que no conozco mucho de eso. Sería mejor que te buscaras novia. -Ni pensarlo –respondió el melillense componiendo una cómica mueca de repugnancia-. Me llamo Iván ¿y tú? -Lorenzo. -Como el sol. Espero que no tengas demasiado que hacer el primer día que libremos. Aunque no será hasta dentro de un mes por lo menos, querría asegurarme de que no vas a fallarme. La incomodidad inicial de Lorenzo frente a Iván, al cabo de dos semanas se convirtió en sensación de abandono si el melillense no acudía en su busca en seguida después de la instrucción. Pero nunca fallaba. A los pocos instantes de mandar el sargento romper filas, se le acercaba Iván, cuya amenidad estaba rompiendo muchos de los esquemas de Lorenzo. Nunca le había agradado la gente de su edad; se sentía en evidencia con los muchachos de su barrio, porque hablaban de cosas que no le interesaban, pero temía confesarlo. En cambio, Iván era una fuente de amenidad inagotable: -Tenemos que prepararnos para que no nos tomen por majaretas. -¿Qué quieres decir? -Ten en cuenta que soy de Melilla, donde la mitad de la gente es militar. He tomado copas con muchos reclutas, que me contaban lo putas que lo pasaban. Tenemos que procurar un refugio donde meternos cada día cuando acabe la instrucción. ¿Cuántas veces te ha puesto a ti el furriel a barrer los patios? -Dos. -Pues ya lo ves, hay que escurrirse. Tenemos que encontrar donde escondernos para que ningún mando nos ordene hacer algo de eso en nuestras horas de descanso. Un sitio donde no puedan encontrarnos. Lorenzo miró en derredor y alzó la mirada al techo. El cuartel ocupaba un antiguo convento, muchas de cuyas trazas conservaba a pesar del desapego militar por la belleza. Había artesonados en varios salones, ocupados ahora por dormitorios. Donde estaban en ese momento, había vigas de madera muy anchas y decoradas, todavía algo distantes del altísimo techo. -Buena idea –afirmó Iván siguiendo la mirada de Lorenzo-. Una de esas vigas va a ser nuestra salvación. -Estás chalado. ¿Cómo subiríamos ahí? -Encontraré el modo. Ya verás. Lorenzo contempló a Iván de arriba abajo; cubiertas por el pantalón, sus piernas parecían robustas; a pesar de las cartucheras, tenía una cintura breve y bajo la enorme hebilla cuadrangular plateada del ancho cinturón, lucía una prominencia que anunciaba la existencia de algo demasiado notable en el interior. -Encontrarás el modo para ti, Iván. Yo no soy tan fuerte como tú. -¡No digas tonterías! Te he visto desnudo en las duchas. Tienes buen cuerpo, y si encontraras problema para subir a esas vigas, no te preocupes, que yo te ayudaré. A mi lado, no tienes nada de qué preocuparte. -¿Me has mirado en las duchas? Iván no respondió. Echó a andar y Lorenzo le siguió. Todos quedaban exhaustos tras las horas de instrucción; muy intensiva, porque se suponía que los voluntarios habían ingresado para convertirse en militares profesionales. Pero el cansancio no ayudó a Lorenzo a dormirse pronto esa noche; un extraño juego de su mente mezclaba las imágenes de Andrés e Iván; le parecía contemplar el cuerpo de su tío emerger resplandeciente en la orilla del mar, pero se le superponía el rostro de Iván. ¿Qué le estaba pasando? Esa noche empezó a sentirse desleal, una culpa que le acompañó varios meses. A la tarde siguiente, Iván le comunicó que había encontrado el medio de subir a una de las vigas. Había cerca de ella un ventanuco sin reja y por fuera de este, un apilamiento de jergones en un almacén pequeño que carecía de cerradura. Iván le precedió en la escalada hasta la tronera; la pared tenía lo menos setenta centímetros de espesor. -Fíjate qué muro, Lorenzo. Como si hubieran querido levantar un rascacielos. -Igual que las iglesias. Tras encaramarse ambos en el alféizar, en cuclillas, Iván sacó cautelosamente la cabeza hacia el lado del salón de los artesonados. No había nadie a la vista, de modo que avisó a Lorenzo: -Como no tenemos espacio para ponernos de pie en esta ventana, me voy a lanzar así mismo hacia la viga. No tengas miedo de saltar tú, yo te tenderé las manos para impedir que caigas y te ayudaré a encaramarte. Confía en mí Una vez juntos en lo alto de la viga, Lorenzo notó que la huella de las manos de Iván continuaba en las suyas, como si fuese un tinte o un calambrazo. No reparó en el primer momento en lo muy juntos que tenían que estar sus cuerpos para que la viga les ocultase del todo; fue la mano de Iván en su culo lo que le hizo reaccionar: -¿Qué haces? La cabeza de Iván estaba a muy pocos centímetros de la suya; este volvió el rostro hacia él y, sin responderle, lo besó profundamente en los labios. El desconcierto de Lorenzo no pudo superar el esplendor ni la intensidad del placer que sintió. Nunca le había besado así nadie; cada vez que Andrés le besara en las mejillas, había soñado con un beso suyo en los labios, pero su imaginación no había sabido prever lo que ocurría en la realidad. El beso de Iván fue la descarga de un rayo que recorrió todo su cuerpo, deteniéndose en los genitales y produciendo una erección instantánea. Sus piernas y brazos vibraban como un diapasón; sentía pequeñas convulsiones y todo el vello erizado. Pocos minutos más tarde, Iván le pasó el brazo por la cintura. Como en ese lugar no le escandalizaba el abrazo, no volvió a resistirse. Entonces sucedió algo que no esperaba ni habría podido sospechar; poco a poco, Iván fue girando el cuerpo hasta quedar echado sobre el costado derecho y forzó a Lorenzo a adoptar la misma postura, sobre el costado izquierdo. Ya frente a frente, pegados del todo, Iván abrió la bragueta de Lorenzo sin parar de mirarle a los ojos, que estaban humedeciéndose.
-¿Es felicidad o tristeza? –preguntó Iván.
Lorenzo calló. No habría sabido responder con sinceridad. -Mientras estés conmigo –murmuró Iván con voz ronca-, mira el mundo de frente y sin miedo. Conforme iba pronunciando despacio y quedo esa especie de declaración de amor, la mano de Iván se introdujo en el pantalón de Lorenzo y agarró su pene enhiesto. Lo primero que pensó Lorenzo fue que la mano estaba un poco fría, pero en seguida su mente se llenó de ramalazos de sensaciones inesperadas. Nunca había sentido nada igual cuando comenzaba a masturbarse; supuso que el tacto de su propia mano le distraería de las placenteras oleadas que recorrían sus genitales. -Coge tú también mi polla, hermano. Lorenzo lo intentó con algo de torpeza al principio, por lo que el propio Iván lo fue guiando para desabrochar los botones; cuando la bragueta quedó abierta, al notar el ardor Lorenzo hizo ademán de retirar la mano como si se quemara, pero Iván lo detuvo. -No tengas miedo. No era como su propio pene; tocaba turgencias que no identificaba y el tamaño también era diferente; nunca había visto el pene erecto de otro hombre ni se había preguntado si el tamaño del suyo sería el adecuado; la durísima barra de carne palpitante que agarraba parecía mayor, sin duda. Ahora sí se preguntó si él estaría infradotado o Iván superdotado. No fue capaz de más especulaciones, porque el rayo que recorría su cuerpo desde que permanecía pegado a Iván se convirtió en huracán. Ni toda la experiencia de la vida le había podido preparar para la intensidad de su primer orgasmo en compañía, mucho más fuerte que el que le despertara junto a su padrino. Parecía no tener fin, los escalofríos recorrían su cintura espalda arriba, hasta la nuca, y sus labios temblaban, así como los lóbulos de las orejas. Consiguió abrir los ojos con dificultad, para advertir que Iván lo observaba sonriente. -Te quiero, hermano. Mueve un poco la mano para que yo también goce. Tardó unos tres minutos más. Mientras Iván realizaba una dificultosa contorsión para sacar el pañuelo de su bolsillo y limpiar la entrepierna de ambos, Lorenzo cerró los párpados con fuerza. Pese a los repetidos consejos de que no sintiera miedo, estaba asustado. La mente le trajo muy vívida una escena que había presenciado de lejos pocos días antes. En el mismo grupo de soldados voluntarios que él, había ingresado un muchacho de gestos amanerados. Desde el primer día, se habían estado burlando de ese chico en las duchas y en el comedor; pero hacía una semana, al terminar la instrucción, un grupo de veteranos se burló de él de manera muy escarnecedora; el chico se revolvió con algún sarcasmo que Lorenzo no pudo oír a lo lejos, pero dijo algo que tuvo que molestar profundamente a los veteranos, porque se echaron sobre él y lo apalearon a puñetazos y patadas. El agredido quedó tendido, casi inconsciente; un cabo lo descubrió abatido y ordenó a cuatro soldados que lo llevasen corriendo a la enfermería. Solo tenía contusiones, varios edemas sangrantes y había perdido un diente, pero por más que lo interrogaron fingió no recordar quiénes eran sus agresores; sin duda, sabía que si denunciaba las cosas serían mucho peores. -¿Lo sabe tu familia? –preguntó a Iván. -Seguro que lo imaginan, porque nunca he tenido novia ni quiero. Suponte tú. Mi padre me dice casi todos los días que tengo los huevos negros y debo pensar en casarme, pero para mí como si lloviera. ¿Y tú? -No lo sé, Iván. Yo tengo dos años menos que tú, quizá sea pronto para que mi padre se haga preguntas de esas. Pero no es imposible que se lo empiece a oler ya. -Da la impresión de que tienes muy poca experiencia. Lorenzo se ruborizó. -¿Tan mal lo he hecho? -¡Qué va! Ha sido fantástico. Me haces muy feliz, pero temo herirte. -¿Por qué? -Bueno; yo… sí tengo experiencia. Tú me vuelves loco, pero no sé si seré capaz de serte fiel, porque ligo con mucha facilidad. Pero, además, es que sospecho que eres virgen. -¿Qué quieres decir? -¿Te han penetrado alguna vez? -¡Qué va! -¿Ves? Voy a tener que aguantarme hasta que vea que me deseas de verdad; no como ahora, que prácticamente he tenido que violarte.
Lorenzo volvió a ruborizarse. No podía calcular si alguna vez estaría preparado para eso. Los ocho días siguientes se buscaron continuamente. Ambos recurrían a toda clase de pretextos y artimañas para encontrarse a solas, pero Iván no intentaba nada más allá de reiteradas masturbaciones mutuas y besos ocasionales. Se evitaban en las duchas y casi ni se miraban en público. Lorenzo descubrió una tarde, al ducharse, que se le estaban marcando los abdominales a una profundidad que no recordaba. La instrucción militar podía ser considerada deporte; un deporte frecuentemente sin sentido y despiadado porque exigía llegar al límite de sus fuerzas a muchachos que no habían madurado del todo aún. En cierta ocasión, un sargento les cronometró uno a uno corriendo cien metros, pero no con calzado deportivo sino con las pesadas e incómodas botas militares. Lorenzo estaba siempre exhausto al terminar la instrucción, y sin embargo tuvo dificultades para dormir esos ocho días. Durante los meses de masturbador furibundo con la imagen de su padrino en la mente, para los demás había parecido serenarse, atemperar los malhumores propios de la adolescencia. Ahora era distinto. Ya no soñaba con Andrés, sino que vivía en tensión permanente anticipando los encuentros con Iván; sentía el deseo de un modo imperioso y torturador, el anhelo le cortaba la respiración, los escalofríos eran muy frecuentes, y se había vuelto muy suspicaz frente a los ojos de los demás. Algunos momentos tenía ganas de morir. La necesidad de abrazar a Iván lo estremecía, pero también se estremecía cuando recordaba al muchacho apaleado. Era, al mismo tiempo, más feliz y desgraciado que nunca. Una tarde, mientras asistía a una clase teórica de un sargento muy tosco, Lorenzo se dio cuenta de que llevaba dos o tres semanas sin recordar a su padrino ni pensar en el viaje a San Francisco. El sorprendente descubrimiento le hizo mirar a Iván, sentado en el suelo, como él, al otro lado del círculo que formaban alrededor del sargento. Pareció que Iván había notado el peso de su mirada, porque también volvió los ojos hacia él. Una especie de centella entre los ojos de los dos atravesó el círculo.
Terminada la instrucción, cuando esperaban turno en la fila para ducharse, Lorenzo advirtió que Iván, que estaba varios puestos más adelante, se fue retrasando para igualarse con él. La tensión de Lorenzo se agudizó; temía que algún ademán de Iván los pudiera delatar, pero no ocurrió nada hasta que estuvieron en la ducha colectiva. Bajo el agua, Iván se volvió hacia Lorenzo y agitó la mano ante su pecho, con sólo tres dedos extendidos. Lorenzo comprendió que se refería a un lugar donde ya habían estado escondidos, detrás del galpón de la tercera compañía. Se encogió de hombros, para señalar que ignoraba la hora. Iván extendió las dos manos, indicando las nueve; en seguida bajó la derecha, para enjabonarse los genitales, porque otro soldado les estaba observando; en ese momento se dio cuenta Lorenzo de que el pene de su amigo sí era bastante mayor que el suyo y más oscuro. Y observó otra diferencia que no comprendió; el pene de Iván mostraba completamente el glande rojizo, como si le faltara algo de piel. Cenaban a las ocho y media y la retreta sonaba a las diez. Tendrían muy poco tiempo. Acudió presuroso al rincón donde iba a esperar a Iván, pero este le aguardaba. Aunque la oscuridad era completa, notó que ya se había desabrochado la bragueta; fue a introducir la mano pero Iván lo detuvo: -Hermano, tenemos que ir más allá de estos juegos de niños. -¿Qué quieres decir? -¿Quieres derretirte de placer como si fueras plomo en la candela? -Siempre me derrito de placer contigo.
Notó que Iván sonreía. -Por ahora, no hemos pasado de pajas impacientes; pero hay mucho más e incomparablemente más intenso, Lorenzo. Hasta hoy, voy a aguantándome porque estoy loco por ti y no quiero que te asustes. Pero tenemos que ir adelante. No eres un niño, eres un hombre y, por cierto, cada día se te ve más fuerte. Necesitas aprender a disfrutar como un hombre. Ven, vamos allí, entre aquellos árboles. Sin esperar respuesta, Iván echó a andar; Lorenzo lo siguió dócilmente. Bajo la fronda de un sotillo de eucaliptos, con la tierra tapizada de fragantes hojas caídas, Iván se tendió en el suelo y haló del brazo de Lorenzo, para que le imitara. A continuación, Iván se arrastró un poco hasta quedar en posición invertida respecto a su amigo, desabrochó su bragueta y una tempestad se abatió sobre Lorenzo. Este no podía creer lo que sentía, la suavidad muelle de los labios y el calor de la boca de Iván no se podían comparar con el roce de una mano sobre el pene. Llegaron las contracciones casi inmediatamente, momento en el que Iván paró al tiempo que apretaba el glande con dos dedos, con lo que impidió el orgasmo. -Cómete tú también el mío, hermano –dijo con voz gutural, pero suplicante. Lorenzo alzó la cabeza. Temía que si obedecía, iba a vomitar. Notando su vacilación, Iván le puso la mano en la nuca y forzó su cabeza para que la boca llegase al lugar justo. En el primer instante, le pareció advertir una ola de repugnancia; tuvo que abrir mucho la boca para abarcar el grueso cilindro trémulo y ardiente, sintiendo prevención porque sus labios palpaban carne desnudada, como si no necesitarse retraerse el prepucio. No supo cuánto tiempo pasó hasta que la repugnancia se esfumó y sólo pensó en esforzarse por hacer sentir a Iván lo que él estaba sintiendo. Poco a poco, se acompasaron; Lorenzo no pudo resistir mucho más, de modo que trató de retirarse para no llenar de semen la boca de Iván, pero este apretó los labios para impedir el movimiento. Iván demoró todavía varios minutos; su orgasmo fue distinto; Lorenzo notó que levantaba las caderas, agitaba las piernas y movía el pecho y los hombros como si le estuvieran alcanzando intensas descargas eléctricas, mientras emitía ronquidos como un jabalí furioso. Tardó unos segundos en advertir que también su boca se había llenado de semen.
Permanecieron varios minutos en silencio. -Ya no puede faltar mucho para le retreta, Iván. -Quédate quieto un poco más, hermano, por favor. -¿Por qué tienes…? -¿Qué? -Tu pene parece diferente del mío. Iván tomó su mano, conduciéndola hasta su glande. -¿Te refieres a esto? –Lorenzo asintió con un murmullo-. Estoy circuncidado. Por si no sabes lo que es, a los niños judíos y a los moros les cortan el prepucio en una ceremonia religiosa. Hay tantos moros y judíos en Melilla, que la costumbre ha calado entre algunos españoles. Mis hermanos también están circuncidados. Dicen que el glande pierde sensibilidad, pero la verdad es que uno gana en duración del sexo. ¿No te has dado cuenta de que tardo bastante más que tú en correrme? -Creía que era por la experiencia. -Bueno, eso también, Pero yo tardé siempre mucho. Y cuando gozo, gozo. -Ya me he dado cuenta. -Y te voy a enseñar a ti a gozar lo que ni te imaginas. -¿Me vas a cortar el prepucio? -No. Bájate el pantalón y levanta las rodillas hasta el pecho –Lorenzo obedeció-. Ahora, quédate quieto y no hagas nada. Con inquietud y rubor, Lorenzo sintió que la boca de Iván se posaba en su ano. En el primer momento, su impulso fue saltar y echar a correr, y tal vez lo hubiera hecho, pero Iván lo sujetaba fuertemente abrazando sus piernas. Bastaron un par de caricias para abatir la resistencia. Cuando creía que sería imposible, pues habían pasado muy pocos minutos desde el orgasmo, notó que volvía a tener erección, mientras la lengua de Iván hurgaba en su interior. Eso sí que era inesperado, incomprensible, estremecedor pero maravilloso. La combinación de sentimientos y sensaciones fue como un torbellino. Comenzó a llorar, mientras su mente le entregaba una imagen menguante de su padrino que se alejaba infinitamente en el espacio. Desde aquella noche, comenzaron a hacer planes para vivir juntos en Melilla.
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