domingo, 16 de febrero de 2014
sábado, 15 de febrero de 2014
martes, 4 de febrero de 2014
COLBY KELLER, El tipo corriente que triunfa en el porno gay.
Últimamente, salen muchas películas porno gay protagonizadas por este joven, de nombre artístico Colby Keller, cuyo físico es muy atípico en la industria del porno. No es un bellezón ni parece hormonado, pero resulta muy eficaz y apasionado.
Hace años, protagonizó un curioso vídeo “daddy”, donde estaba a punto de casarse con la hija de Cliff Rhodes. El futuro suegro lo cita en su despacho para “aleccionarlo” antes de la boda, y lo alecciona a fondo. Muy a fondo. Hasta el fondo.
BIOGRAFÍA EN INGLÉS:
Wee Colby was born in Michigan, only moved to Texas, where the boy maturated into not a itty-bitty affair any longer. Only back in the year 2004, Colby, alike many undergraduates prior to him, required some additional hard cash. He got hold of Sean Cody, who at the time was a push through internet site blowing the most college amateurs on cyberspace. Tho’ Colby recorded only a light 6 scenes for the web site, he directly perked up the boners of porno lovers across the nation.
Colby had endured thanks to his diversifying to different studios, from other “amateur” web site alike Cocksure Men and Randy Blue , to acquiring cast by major studios Titan Men,Falcon and men.com.
Colby’s impressive 6′ 2″ figure also aids his charm, along with his size fifteen feet. Let alone that constantly aroused 8″ dick and his unsatiable power to both top and bottom. It is likewise his fun, easy-going nature that applies the common sense of not applying an act, but that the dude we see on screen are the guy we also meet in the real world.
Now dwelling in Baltimore, Colby carries on to be among the most desired performing artist*, and thats not just for sex.
viernes, 31 de enero de 2014
miércoles, 29 de enero de 2014
OPERA BROKEBACK MOUNTAIN ESTRENADA EN MADRID
'Brokeback Mountain' se estrena en el Teatro Real con máxima repercusión internacional y éxito de público
RUBÉN AMÓN – EL MUNDO Madrid
No puede hablarse de una velada triunfal, pero sí de un éxito desconcertante. Desconcertante porque la versión operística de 'Brokeback Mountain' se había planteado como un gran alarde vanguardista y como el primer ejemplo de una ópera que alude explícitamente a la temática gay.
Podría suponerse que ambos extremos predisponían la hostilidad del público conservador que habita en los estrenos del Real, pero sucedió que los espectadores agradecieron el espectáculo. Porque realmente no era transgresivo. Y porque los únicos abucheos discrepantes, muy pocos, concernieron la partitura más o menos abrupta de Charles Wuorinen.
Nunca el Teatro Real en su historia contemporánea había concitado semejante interés ni había reunido tantos periodistas extranjeros en el patio de butacas. Un centenar de medios foráneos se han ocupado del bautismo de 'Brokeback Mountain', concediendo a Gérard Mortier un papel de agitador cultural que beneficia las ambiciones cosmopolitas de Madrid y que anoche la convirtieron provisionalmente en capital operística del mundo.
Se explican los honores por el acontecimiento de un estreno mundial, aunque llama la atención que la repercusión de esta ópera haya superado incluso el 'Così fan tutte' que concibió Michael Haneke y la première planetaria de 'The perfect american'
Huella cinematográfica
Así se titulaba la ópera que Philip Glass dedicó a Disney en clave más o menos iconoclasta. Un año exacto se ha cumplido del estreno, así es que Brokeback Mountain renueva la fertilidad creativa del Teatro Real con razones propias y motivos circunstanciales.
Las primeras consisten en la brillante autoría de una partitura nueva con la firma del compositor neoyorquino Charles Wuorinen, pero no se explicaría el impacto mundial del estreno si no hubieran intervenido la despedida de Mortier en su último gran proyecto madrileño y el antecedente de una película sobresaliente con la que Ang Lee obtuvo el Oscar al mejor director.
Se entiende así la huella cinematográfica que permanece en el montaje escénico de Ivo van Hove: dos horas sin pausa, guiños desordenados a Lars von Trier ('Dogville'), amén de una pantalla gigante en cinemascope que proyecta las imágenes totémicas de la montaña en que los vaqueros Jack y Ennis consuman sus amores clandestinos en la alegoría del paraíso perdido.
Los interpretan respectivamente Tom Randle y Daniel Okulitch desde un premeditado y quizá excesivo contraste de caracteres. El tenor y el barítono. El moreno y el rubio. El bajo y el alto. El sofisticado y el rústico, aunque la mayor diferencia probablemente es la menos calculada de todas y radica en la desigualdad de los méritos artísticos.
Resulta que el cantante canadiense Daniel Okulitch asume en primera persona la credibilidad del espectáculo. No sólo por la autoridad con que resuelve la endemoniada partitura. También porque su presencia escénica, su viaje al dolor y su monólogo final relativizan los problemas de disociación que traslada este desigual espectáculo.
Disociación quiere decir que no existe una relación demasiado natural entre la música, el libreto y la escena. Charles Wuorinen plantea una partitura atonal, compleja, desprovista de emociones, mientras que el texto se resiente de un excesivo prosaísmo. Se diría que unos y otros personajes, incluidos los femeninos, se dedican a discutir en plan "escenas de matrimonio", subordinándose argumentos tan poderosos como la opresión social y privando a 'Brokeback Mountain' del erotismo y la sensibilidad que había proporcionado a la película de Lee la unánime empatía de los espectadores.
Contraste de lenguajes
No le convenció del todo el filme a Annie Proulx. Ella había escrito el relato originario en las páginas del 'New Yorker' (1997) más cerca del feísmo y de la aspereza que de la épica, y ella también se ha incorporado ahora a la tercera vida de la criatura redactando el libreto. Y simplificándolo, aunque el principal obstáculo consiste en que la música atmosférica de Wourinen, interpretada en el foso con el oficio y la concentración de Titus Engel, no termina de identificarse con las palabras. Vuelve a producirse una disociación, probablemente por el contraste de lenguajes y porque el texto y la partitura se resienten de un problema de convivencia, igual que les sucede a los amantes Jack y Ennis en la claustrofobia de una sociedad hostil al acecho.
Ivo van Hove la retrata metafóricamente con la imagen inquietante de los hombres de negro, vaqueros fantasmagóricos que todo lo ven y que todo lo saben. Forman parte de las ideas más solventes de la dramaturgia. Que resulta más eficaz cuando se hace más conceptual. Y que resulta embarazosa cuando redunda en la literalidad del libreto.
No puede decirse que sea un montaje arriesgado. Y por la misma razón cabe pensar que la reacción favorable del público se atiene al consenso de una dramaturgia de fácil digestión. Ni siquiera la ópera contiene escenas polémicas, siempre y cuando no se valoren como tales una escena sexual encubierta en una tienda de campaña y la imagen de una pareja de hombres besándose en el escenario.
Es el momento 'titanic' de Jack y Ennis, la parada obligatoria de un viaje que empieza con la blancura virginal de la nieve y que termina con la oscuridad del catafalco. Es entonces cuando prorrumpe el excelente Daniel Okulitch su monólogo del amor ausente, apurando los momentos más intensos de la ópera, aferrándose a la camisa de cuadros que había conservado el vaquero Jack como una reliquia. Quizá no les convenga seguir leyendo, porque vamos a hacer un 'spoiler' con el final. Y este amerengado final consiste en que la camiseta de cuadros vuela hacia el cielo como si la habitara un alma resurrecta. Me imagino a Ang Lee tapándose los ojos. Y no precisamente para enjuagarse las lágrimas.
El cineasta podría haber asistido anoche al estreno, como cualquier melómano o curioso. Lo hizo posible la opción por streaming que produjo el Teatro Real y que multiplicaron ubicuamente los portales culturales Arte y Medici, remarcando así la importancia de un estreno que reunió a una docena de sobreintendentes teatrales -Vancouver, Santa Fe, Los Ángeles, Múnich, Amsterdam, Londres, Basilea, Bruselas- dispuestos a que el último proyecto de Mortier adquiera una fuerza
multiplicadora.
lunes, 27 de enero de 2014
miércoles, 22 de enero de 2014
Edith Piaf: EL MENSAJE DE UN SUICIDA.
Se cumplieron 45 años de la muerte de Edith Piaf, “El gorrión de París”. Ninguna mujer en la historia de la canción ha dicho como ella las cosas del amor, y más las del desamor. Una reciente película, magnífica por cierto, volvió a poner de moda el nombre de la inolvidable cantatriz.
Edith Piaf nació para la tragedia. Conoció el sufrimiento desde antes de nacer, pues su madre no la quiso nunca. La mujer era artista de la legua, y el embarazo la estorbaba. Varias veces intentó en vano librarse de lo que traía en el vientre. Quizás a consecuencias de eso la niña nació débil, enfermiza, casi ciega. Su madre la abandonó pronto. Unas prostitutas se hicieron cargo de ella, y luego la dejaron en manos de unas monjas.
No llegó a vivir 50 años Edith Piaf. La agotaron los quebrantos físicos y la morfina, a la que recurría en grandes dosis para calmar los dolores de cuerpo y alma que padecía. Toda su vida le cantó al amor, pero jamás lo conoció; sólo supo de él en versiones adulteradas, falsas. Cuando fue famosa gastaba su dinero en pagarse amantes jóvenes. Se sentía fea, y lo era, pero nadie se daba cuenta de eso cuando Piaf cantaba. Pequeña, sin un adarme de maquillaje, vestida perpetuamente de negro, entregaba sus canciones con tal pasión que ante su voz el mundo desaparecía y quedaba sólo ella sola, sola, solitaria, en soledad.
Déjenme ahora corregir algo que dije. En modo cursi, con expresión manida, dije que Edith Piaf no conoció el amor. Lo conoció, sí, pero después de muerta. Me explicaré.
Poco antes de morir la cantante se casó con un hombre mucho más joven que él: Theo Sarapo. Todos pensaron que el esposo era un oportunista, un chulo que se sacrificaría algunos meses —la Piaf ya estaba muy enferma— para alzarse con la cuantiosa herencia de la diva.
En efecto, un año después de la boda murió Edith Piaf. Su testamento confirmaba la opinión del vulgo: Theo Sarapo era el heredero universal y único de la cantante. Todas las puertas se le cerraron al inmoral sujeto que tan villanamente se había aprovechado de la soledad de la gran artista para quedarse con sus propiedades y su dinero.
Poco después el hombre desapareció. Se supo que había vendido todos los bienes de Edith, y hasta los efectos personales de la esposa muerta. Seguramente se había ido al extranjero a disfrutar con otra mujer la fortuna recibida. Años más tarde una noticia apareció, perdida en la página roja de los diarios: Theo Sarapo se había suicidado. Sólo entonces se supo la verdad. La herencia de Edith Piaf había consistido sólo en deudas. Manirrota, desordenada, pródiga, la cantante no tenía al casarse más que deudas y unas cuantas fincas de poco valor. Theo lo sabía, y aun así se casó con ella, pues en verdad la amaba. Tras la muerte de Edith Piaf se dedicó por entero a pagar las deudas de su esposa, a fin de preservar su buen nombre. Cuando acabó de cumplir los compromisos se suicidó. Dejó un recado en el que decía que se mataba para estar en el otro mundo con su amada.
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